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VIOLENCIA FAMILIAR Y ADICCIONES: DOS PROBLEMAS QUE SUELEN IR DE LA MANO Inicio
Tomado del libro de Violencia Familiar y Adicciones, coordinado por la Kena Moreno, fundadora de Centros de Integración Juvenil, AC, y publicado por CIJ en 2008.
Por este capítulo corren dos ríos de ideas.
En uno de ellos transita la vida de una familia conformada por Salvador, Esperanza y sus cuatro hijos, todos ellos personajes de la radionovela “Corona de Lágrimas” que mi abuela solía escuchar en su galena antes de disponerse a dormir (aún recuerdo a la abuela tirarse en su yacida; lloraba y lloraba con esa radionovela por más que mi abuelo le decía que eso no era verdad, que sólo eran actores y actrices. Mi madre aún conserva ese radio). Por el otro, transitan algunas ideas más bien sueltas, acerca de cómo los corazones de estos personajes se fueron alejando cada vez más y más, y de cómo las veredas que siguieron los alejaron tanto hasta que un día ya no encontraron el camino de regreso.
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3.1. La familia de origen y la niñez robada
Hace no muchos años, existió una jovencita que gozaba de muchas cualidades, era una niña bonita, atenta y obediente a las órdenes de sus padres, nunca protestaba por nada, y por lo mismo los padres siempre delegaban en ella tareas que les correspondían a ellos, por ejemplo hacer la comida, o cuidar a sus hermanos, o trabajar después de la escuela para ayudar con el gasto de la familia. Esta jovencita era Esperanza. Como no protestaba, su madre delegaba en ella sus propias frustraciones con su marido. Sus hermanos también aprendieron rápidamente a cargarle la mano y pronto terminaron pidiéndole que planchara sus camisas, les sirviera su comida, recogiera sus cuartos y cosas así, como si fuera su sirvienta. Su mamá le decía que era por su bien, que un día se iba a casar y tenía que ser buena esposa y que además ellos eran hombres. En el fondo, Esperanza, sentía que estaba viviendo una vida que no era su vida, que alguien en algún momento se había equivocado y había terminado viviendo con una familia que no era su familia, y que algún día, alguien vendría a rescatarla. Pero mientras eso pasaba, seguía fregando los platos sucios de casa. Muchas veces quiso hablar sobre su malestar con su madre, pero a cambio sólo recibía regaños y más tareas por andar de rezongona.
Cualquier intento de protesta fue callado, se le recluto para obedecer y ser servil. Un día que por accidente, se le tiró la leche de la estufa, su madre la reprendió de tal manera que hasta le aventó la olla de los frijoles por la cabeza, Esperanza se asustó tanto al ver la reacción de su madre, ya que sus hermanos hacían peores cosas y nada pasaba. Más tarde, como si nada, su madre la abrazo, la beso y le dijo que ella era lo más importante en su vida, y que lo hacia por su bien ¿Cómo protestar contra alguien que le dice a una que lo trata así por su propio bien? Así que aprendió a callarse su enojo, lo cual no significaba que le gustara vivir así; por el contrario, desarrollo una serie de sentimientos encontrados contra su madre, que le hacían sentir un lío en su cabeza y cuando quería hablar con alguien no podía porque sentía como un nudo en la garganta.
Sus secretos sólo eran confiados a la Ramona, su muñeca, con quien jugaba a escondidas para que su madre no la cachará y la pusiera a hacer más quehacer, así eran sus juegos, silenciosos e invisibles, a solas con su mona. Cuando su padre tomaba, eventualmente se quejaba de su mujer con Esperanza. Así que cuando un día, el padre abandono a la familia, Esperanza culpó calladamente a su madre de que su padre se hubiera ido; muy dentro de sí se hizo la promesa de que ella iba a ser diferente con su marido, que ella sí lo iba a tratar bien para que no se fuera, porque siempre albergaba la esperanza de que algún día iba a llegar un buen hombre que la rescatara de esa situación… hasta que empezó a perder las esperanzas y su corazón se fue llenando de miedo.
Al otro lado de la colonia vivía un Salvador, un jovencito cuya madre tuvo problemas para traerlo al mundo. Después de tres hijas, el padre, un hombre que abusada del alcohol, se empezaba a impacientar, y le decía a su mujer “Yo no se como le vas a hacer, pero a mi me tienes que dar un varón”. Así que en su cuarto embarazo ella se encomendó al santo de su devoción, y el día de San Salvador nació el tan esperado niño. Ese día hubo fiesta en la casa, todos estaban muy contentos menos las hijas y el papá bebió por tres días ya que al fin tenia alguien a quien heredar (aunque en realidad la gente decía que no tenía nada).
Desde pequeño, el padre se encargó de hacerlo hombre. Se lo llevaba con los amigos a la cantina y le enseño las cosas que todo hombre debe saber en la vida, por lo menos eso decía él. ¡Los hombres se hacen a golpes!, solía decir su padre. Y así lo educó. No hubo tregua para el pequeño, fue educado en el más estricto apego a las creencias arcaicas de un padre que se sentía patriarca. El pequeño Salvador creció rodeado de carencias y esperanzas no cumplidas. Le gustaba mucho le escuela, hubiera querido seguir estudiando, pero siguiendo los pasos del padre quien se lo llevaba a la chamba desde que Chavita tuvo edad acabó por dejar la escuela para apoyar con el gasto de la casa.
De niño fue testigo mudo del maltrato que ejercía el padre sobre su madre, nunca se atrevió a intervenir por miedo al padre, aunque no hubo noche que no se arrepintiera de no hacerlo. En las tardes, después de llegar de la chamba, se daba sus mañas para jugar con sus juguetes restos de un caballo de palo, un yoyo encordado y un balero gastado cuidando de hacerlo en silencio a sabiendas de que si el padre lo descubría arremetería contra él y sus juguetes, gritándole que eso era cosa de maricas, que si no se había cansado había más trabajo por hacer. Su sensibilidad infantil fue calada por la descalificación. A veces se la pasaba mirando por horas a su padre sentado en el poyo del zaguán, sin que él lo notara, lo veía fumado sus cigarros sin filtro, escupiendo las virutas del tabaco que quedaba atrapadas en sus labios, tratando de interrogar la impavidez de su rostro con la esperanza de encontrar en medio de sus arrugas una mueca de amor. Nunca la halló. Por el contrario, un día que tuvo una riña callejera, el padre le propinó una segunda tunda por haberse dejado pegar por otros niños de la cuadra. Chavita se tupió unos tragos de “orgullo viril” y en su próxima visita al cuadrilátero pese a su miedo, sudor y angustia al golpear al otro, su corazón acelerado pudo sentir por primera vez la sensación de triunfo, porque se atrevió a enfrentar al contrincante pese al miedo que sentía. Se hizo bueno para los golpes el “pelao” que hasta famoso se volvió en el barrio.
Tenía 17 años cuando tuvo que hacerse cargo de la familia debido a que el padre murió de cirrosis alcohólica… Lleno de terror ante su nuevo rol sólo supo hacerlo como lo aprendió del padre, controlando a sus hermanas y prometiendo compensar a su madre. Así se convirtió en el jefe de la manada. Su virilidad terminaría de forjarse a través de ofrendas de poder y pleitesía.
Dos corazones, un corazón de mujer y un corazón de hombre, iguales en su forma y capacidades, pero muy distintos en sus lenguajes. El comportamiento y las actitudes de uno frente al otro es lo que marca la diferencia. Ambos corazones fueron criados de formas muy distintas, desde la infancia empezaron a ser encaminados hacia tipos muy distintos de identidad de género, ambos fueron acariciados en forma distinta, los vestidos,juguetes y juegos propios de cada sexo estimularon el desarrollo de actitudes diferentes con respecto a sí mismo y a los demás. La forma en que cada uno se da cuenta de quién es, cómo es y qué actividades puede realizar casi siempre empiezan en la familia. Ambos corazones, desde el día de su nacimiento, fueron convocados a tomar caminos muy específicos de acuerdo al sexo con el que vinieron al mundo. El incipiente corazón de ella, fue educado para amar, mientras el pequeño corazón de él fue requerido para mandar y ambos para aguantar. Y todo esto de acuerdo a las sagradas escrituras de un “autor anónimo”, este autor o autores son los sistemas sociales en los que vivimos, ejemplo de estos escritores anónimos son las buenas costumbres y las tías; las tradiciones y las amigas; la cultura y la cantina, la iglesia y la abuela, además de las creencias, el programa de la tele y el qué dirán, en fin, cada sociedad tiene sus propias formas y rostros para dictar como debe ser un (gran) hombre y como debe ser una (buena) mujer.
En principio, el desarrollo de la identidad genérica está directamente influenciado por una organización parental asimétrica. En la mayoría de las familias, el padre es quien asume el papel de progenitor principal como proveedor mientras la madre es la que juega el rol del progenitor secundario la encargada de la crianza de los hijos.
Estas diferencias no serían problema si no fuera porque en esta asignación atributiva de roles, valores, deberes, responsabilidades, formas de comportarse, etc., también supone una asignación distributiva del poder. Basada en supuestos implícitos, esta lógica atributiva de la feminidad y la masculinidad tiene como consecuencia una lógica distributiva injusta del poder, y esta desigual distribución del ejercicio del poder conduce a una asimetría relacional entre hombres y mujeres, y no sólo en la organización parental, sino en prácticamente todas las relaciones heterosexuales.
Esto es así porque la cultura ha legitimado la creencia en la posición superior del varón: el poder personal, la autoafirmación o ser protagonista es el rasgo masculino por antonomasia. Ser varón supone tener el derecho a mandar, independientemente de cómo se ejerza ese derecho. La cultura patriarcal niega ese derecho a las mujeres, que deberán entonces (si pueden) conquistarlo. Por su parte, la construcción de la identidad femenina en una sociedad patriarcal está muy ligada a la idea “del amor romántico”, que con su carga de altruismo, sacrificio, abnegación y entrega, refuerzan una actitud de sumisión.
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3.2. Adolescencia y miedos mitigados por ofertas etéreas (o “Caldito de choros para el alma”)
Un día que Esperanza estaba más triste y sola que nunca, se le pareció un “hada alada”, bueno, en realidad no era un hada, lo que pasa es que su vecina la Chupitos le dijo que con una “mona” se sentiría mejor. Esperanza se resistió, sabía que eso no era lo que ella quería para sí, pero su miedo de estar sola era tan grande que al final se dejó robar por la tentadora promesa de la Chupitos. Fue esa ocasión cuando vio a su hada por primera vez, en realidad no era como se la había imaginado, más bien era un hada desaliñada y enclenque que no paraba de reírse y de volar alrededor de su cabeza, así que Esperanza la atrapo y le pidió los obligados tres deseos. El hada, que parecía no escucharla, rápidamente le armó un atuendo Totalmente Pasado. Tan feliz estaba que no se dio cuenta que ella era la que reía a carcajada abierta mientras sentía que el tiempo transcurría muy lentamente, sin las presiones habituales de su casa. Como dice el refrán “Bien sabe el diablo a quien se le aparece”.
Una cosa parecida le pasó a Salvador. Había juntado dinero suficiente para irse al otro lado. Tenía tanta ilusión, se hizo tantos sueños creció viendo como sus primos más grandes habían logrado hacer vida en el otro lado que contaba los días en que había planeado despatriarse. Harto le batallo con tal de juntar los centavos pa’l pollero. Pero más tardó en irse que en regresar. Allá le iba bien, aunque la soledad le calaba muy hondo; allá las cosas son muy diferentes de acá. Lo único bueno era que estaba lejos, muy lejos de la guadaña del padre. Un día le mandaron decir que su papá se había muerto, la bebedera y el orgullo lo habían matado. Había prometido no regresar, pero sabía que tenía que hacerlo, por sus hermanas y su mamá. El miedo de hacerse cargo de la familia le endureció el corazón… no sabía como hacerlo, el ánimo le cambió y el humor se le agrió. La indecisión lo hizo volverse hosco, hasta que un paisano le invitó unos “churros”, que’s que para alivianarse y, efectivamente, se puso tan alivianado que poco a poco se fue difuminando la duda que deja tanta incertidumbre, y otra vez aquel corazón acelerado se volvió animoso, de tan buen talante. Bien dice el dicho “El diablo miente con la verdad”.
El miedo es como un combustible que usamos las personas para activar nuestra conducta, como tiene mucho plomo, no siempre es bueno. Los niños que viven en un ambiente familiar de maltrato crecen con la cabeza llena de miedos. Las personas tienen distintas formas de enfrentar estos temores, la mayoría prefiere simular que no los sienten. Los niños usualmente eligen dos formas de responder: unos se vuelven huraños, recelosos, escamados, desconfiados, siempre están a la defensiva y suelen ser muy aprensivos; otros, por el contrario, disfrazan sus miedos con el arrebato, parecen poseídos por un torbellino, son precipitados, impetuosos, irreflexivos y desprendidos, siempre hiperactivos. Las niñas, por su parte educadas para satisfacer al otro son llevadas por otros caminos, el maltrato infantil tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad y de vulnerabilidad, se les transmite la idea de que el sufrimiento les da bonos acumulables para poder ser mujer de tener una identidad, de que mientras más sufran más merecen ser queridas y protegidas, y como además se les hace sentir culpables del mal trato, aprenden a caminar de puntitaspara evitar despertar al ogro; educadas en el silencio, aprenden a volverse “invisibles” para que a nadie moleste su presencia, lo cual es una especie de negación de su existencia. En todos los casos, la mente de los niños y niñas crece llena de agujeros, deseosos de ser llenados. Cuando ya no se logra lidiar con esos miedos, cuando las fuerzas se agotan por estrés o por agobio se convierten en una legión de demonios persecutorios, y en esas condiciones es muy fácil llegar a cometer un acto de desesperación, con la promesa de soluciones rápidas…pero vanas.
Una noche Esperanza se fue con su nueva amiga a una tocada en un antro de su colonia, sin la anuencia de su madre. Todas las chicas del barrio lucían sus mejores modas y modos, pantalones a la cadera y brillos en los ojos, todas estaban estrenando un cuerpo nuevo. Ahí conoció a Salvador; lo que le encantó de él fue ese porte orgulloso, como quien no le debe nada a la vida. Bailaron toda la noche, lo mismo al ritmo de “rocanrol” que del “pasito duranguense”. Él canto con enjundia “Sigo siendo el Rey…” y cuando interpretaron “La pareja ideal”, ella ya se sentía enamorada de él. Cuando uno se la esta pasando bien, el tiempo vuela… y ella salió volando a su casa por el riesgo de ser descubierta y sancionada. Bueno, tanta fue su prisa que en el camino perdió su pequeño “celular”. Pequeña pista para el jovencito. Como el muchacho no era mal agraciado y encima tenia “labia” para las muchachas, era frecuentemente requerido por ellas “ques’que que era muy trabajador”, decían pero su corazón sediento de esperanzas ya había elegido. Esperanza, que tampoco era fea, también tuvo sus pretendientes, aunque decía que ninguno “tan bonito” como éste. Cuando él la encontró enfundada en su mandil habitual, ella no lo dudo ni un instante. El personaje que la rescataría de la vida plebeya que llevaba, había llegado al fin, o por lo menos eso quería creer.
Dos corazones solitarios buscando esperanzas y salvación…dos mentes frágiles llenas de incertidumbre, siempre con “el Jesús en la boca”…. Es decir, habían crecido sin la certeza de sentirse queridos o deseados. Ambos crecieron con la incertidumbre de saber con qué humor anda hoy mamá, si vendrá papá de buenas o tomado, de saber si sus padres también les pegarán hoy, de saber si hicieron bien o mal, con la incertidumbre del “Luego vemos”… pero sobre todo con la penetrante incertidumbre de saber si son amados o no. Historia infantil llena de ruidos. Crecen con el miedo a perder la poca seguridad que tienen, de perder el amor de sus padres, de perder sus deseos guardados, crecen con el miedo a la soledad.
Cuando ella se fue con él, creyó que el brillo que veía en el iris de los ojos amados se debía a la dicha compartida; más tarde se enteraría que el día de la partida, él necesitó un poco más de la bebida para dejar atrás las promesas familiares incumplidas. Los dos salieron corriendo, querían dejar atrás un pasado turbulento. Él se comprometió a que siempre la iba a cuidar y ella a su vez le dijo que nunca lo iba a dejar. La promesa del paraíso aquí en la tierra…
Estos futuros padres formaron una pareja caracterizada por una mezcla de expectativas afectivas unidas por cal y poco cemento porque cada uno de ellos está particularmente necesitado de la “dote afectiva” que su pareja lleva consigo y lo ve como un instrumento para satisfacer las propias carencias de realización social, de redención y de emancipación respecto de su familia de origen. En palabras llanas, esta pareja se unió por “necesidades mancomunadas”, como una forma de compensar esa áspera historia de desamor familiar.
La mayoría de las personas son capaces de reconocer (o descubrir) que es una fantasía que el matrimonio los complete, en el sentido de reemplazar lo que les falta, que la confianza en sí mismo de un esposo remplace la inseguridad de la mujer, o que la naturaleza franca de la esposa resuelva la reticencia del marido.
En palabras del filosofo de Güemes, un reconocido filosofo tamaulipeco, “el amor es una cosa ideal, el matrimonio es una cosa real, y la confusión entre lo ideal y lo real es un cosa fatal”. Entonces, dos mitades no se convierten mágicamente en un todo por el sólo hecho de decir “Sí, acepto”. No obstante, dos personas que se unen sí constituyen una relación. En este sentido, dos mitades constituyen un todo, otra cuestión es que resulte o no “el todo” que cada uno quiere.
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3.3. El encuentro de la pareja y la llegada de una nueva realidad (o “Cuando al agarrado hacen señor, no hay cuchillo de mayor dolor”)
Las cosas fueron bien al principio. En los primeros meses que vivieron juntos pudieron descubrir el sabor que uno paladea cuando gracias a esa lenta suma de pequeños momentos se deja de pensar en “yo” para empezar a pensar en “tú y yo”, el gusto de apretar el paso al volver a casa sabiendo que hay alguien que lo espera, el placer de erigir un solo cuerpo de dos cuerpos trémulos, la delicia de dejar los monólogos internos para insuflar los diálogos en pareja. Bien dicen, la pareja es una caja de resonancia en la cual la experiencia de cada miembro reverbera y vuelve amplificada. Viviendo en esta burbuja pudieron posponer la realidad.
Pero el océano es infinito y no siempre sereno y despejado. Así terminó por pasar lo que luego dicen “de dos torcidos se hace un torzal”. No tardó mucho para que vinieran los problemas, pasaron de la miel sobre hojuelas a la hiel sobre habichuelas. Él estaba acostumbrado a mandar, que para eso era el hombre de la casa; le habían dicho “Los hombres y la basura, tempranito y a la calle”. Ella, la cenicienta de su casa, se quedaba a esperarlo todo el día, ya que le habían hecho creer que “Cuando dos se quieren, con uno que coma basta”. Pero como dice el dicho “A todo se acostumbra el cuerpo menos a no comer”, y como él solo tenía trabajos eventuales, ella comenzó a desesperarse. Él decía que la cosa allá afuera estaba muy dura, que no había trabajo o que había recorte de personal, así que también le recortaba el presupuesto de la casa. Como no hay sueldo que alcance menos el que tenía él ella le pidió permiso para salir a trabajar “para ayudar con los gastos” y él, después de muchos sermones, se lo concedió aunque bajo ciertas condiciones: no podría irse vestida de cierta forma que a él no le gustara y además le tendría que dar su quincena para que él se la administrara, con el argumento de que así tenía que ser, pues para eso era su marido bien dicen, “quien hizo la ley hizo la trampa”. Así empezó a trabajar en una oficina, frente a una máquina de escribir, hasta que al año congelaron su plaza… junto con sus aspiraciones. Nunca vio su dinero, su “príncipe” se lo quedaba y la mantenía haciéndole creer que lo tenía guardadito; como dicen por ahí “Quien administra tus bienes, por suyos es que los tiene”. Cuando se lo reclamaba, él se ponía furioso, la acusaba de falta de confianza y la chantajeaba haciéndola sentir culpable por los celos que él sentía de sus compañeros de oficina, así que ella terminaba pidiéndole perdón.
Ella batallaba mucho con el poco gasto que él le daba, apenas para lo indispensable “¿Para qué quieres más?, si te doy más, el mismo que te gastas” le decía, pero como ella misma pensaba “Con zapato muy justo, nadie anda a gusto”, así que empezó a lavar ajeno. El malestar de su espalda no se comparaba con la dolencia que su corazón empezaba a sentir otra vez, y que bien conocía desde su niñez. De repente sentía que un hada alada se le posaba en su corazón con efectos “anestesiantes”. Mientras tanto, él había encontrado una nueva compañera, la “Chela”, amiga de todos en el barrio, y sus ausencias se hicieron más presentes.
Nuestra sociedad ha heredado una característica ancestral de otras culturas, está construida y pensada por hombres y para los hombres, es una sociedad patriarcal y androcéntrica, lo que significa que el hombre es la medida para todas las cosas.
La primacía universal concedida a los hombres se afirma en la objetividad de las estructuras sociales, es decir, casi todas las instituciones creadas socialmente responden a sus necesidades (forma de gobierno, forma de organización familiar, dirección de la iglesia, tipos de leyes, etc.) todo gira a su alrededor. Por el contrario, las mujeres han estado relegadas al ámbito doméstico, sin acceso a la educación y al trabajo fuera del hogar. Las leyes no las protegen de forma eficaz de los abusos contra su integridad física, psicológica, sexual y económica. Los jóvenes, hombres y mujeres, terminan ajustándose y moldeándose a estos estereotipos aceptados de la masculinidad y feminidad, por ejemplo: las mujeres tienen que quedarse en casa y los varones salir a trabajar.
Este sistemas de jerarquías injustas e impuestos por la sociedad patriarcal contribuye a generar y perpetuar el abuso de poder de los hombres sobre las mujeres, lo que se traduce en el control de los primeros sobre las segundas. Este control se ejerce sobre el cuerpo, los sentimientos, la conducta y los bienes de las mujeres, y se expresa a través de actitudes basadas en un sistema de creencias sexista (machista) que tiende a acentuar la desigualdad en las relaciones entre ambos sexos. A través de todo un proceso de socialización, se arraiga en la mente de las personas la creencia falsa y generalizada de que los hombres tienen derecho a tomar decisiones o expresar exigencias a las que las mujeres se sienten obligadas a obedecer, disminuyendo su valor y necesitando la aprobación de los varones. Un ejemplo muy claro es el control económico que se ejerce sobre las mujeres, ya que habitualmente se les paga un salario desigual por un trabajo igual al de los hombres, o bien, sus parejas las controlan a través del gasto o les exigen controlar sus ingresos destinados a satisfacer necesidades personales o de la familia.
Así llegó Chuchito, al mes de que Esperanza juntó todos los años que se necesitan para tener la mayoría de edad. Se tuvo que dividir en las tres Esperanzas: Esperanza la esposa, Esperanza la mamá y Esperanza la trabajadora… Había aprendido a coser, y le maquilaba a una fábrica de ropa que había en su colonia. Siempre corriendo con el tiempo medido y como el conejo de Alicia en el país de las maravillas siempre llegando tarde. No le quedaba tiempo para ella, no le quedaba tiempo para hacer amistades, no le quedaba tiempo para pensar su vida, solo pensaba en sacar a su hijo adelante, para que él no batallara en la vida y ayudándole a su esposo con los gastos de la casa. Todos los días se levantaba muy temprano para hacerle el “lonche” a su pareja, luego-luego a hacer quehacer, luego a recoger los uniformes que le llevaban de la fábrica y a coser todo el día. Sólo se paraba de la máquina de coser para darle sus vueltas a la comida o cuando el niño lloraba. Del dinero que recibía, la mitad era para la casa y la otra mitad para comprar la herramienta que él quería porque decía que un día se iba a independizar. Cuando se quejó con su mamá de que no le alcanzaba, ella solo se limitó a decirle, “A ver, ‘ora come bonito”. La depresión empezó a anidar en su corazón…
Esta idea romántica del amor, así como la idea de maternidad ligada al sacrificio y la abnegación generan dificultades para desarrollar proyectos de vida propios y redes sociales personales, haciendo que el mundo de las mujeres se confunda con en el de su compañero, que los proyectos de él sean los suyos propios y que todo se reduzca a él. Esto muchas veces sucede aunque la mujer tenga un trabajo fuera de casa, ya que lo asume como una "ayuda" a la familia, al compañero y no como un proyecto de su propia individualidad, incluso aceptando trabajos que no le desarrollan inquietud, placer, ni incentivo. Además, en las clases más desprotegidas, cuando las mujeres deben trabajar es porque el sueldo del marido no alcanza, lo que significa que el proceso de extracción del plusvalor se ha intensificado, de tal modo que las necesidades no puedan ser cubiertas por el padre, así las mujeres se incorporan al trabajo remunerado mediante empleos precarios y sin contar con recursos institucionales que protejan a los hijos del desamparo.
Es importante, pues, no obviar las transformaciones del mercado laboral y los efectos que tienen, no sólo sobre la estratificación social, sino sobre el sistema de géneros. Uno de los efectos más palpables es la sobresaturación de rolesde las mujeres que puede ir abonando una sensación de malestar psicosocial, ya que son madres signadas por la carencia (económica, afectiva, social, etc.) que las condena a un desempeño endeble en especial en sus tareas parentales lo que las hace sentirse culpables, y emparejadas en relaciones que llegan a quebrantar y deteriorar su autoestima, ya sea porque obstaculizan, debilitan y deterioran sus capacidades de ajuste a las exigencias de su medio o porque alteran de forma negativa sus estados emocionales y su forma de percibirse a sí mismas.
Por supuesto, él no se acomedía en las tareas de la casa o la crianza de Chuchito, argumentaba que esas cosas le tocaban a ella y que además llegaba muy cansado de la chamba. A veces, cuando él se iba a trabajar se molestaba si no encontraba limpia la ropa que él quería, y cuando llegaba se enojaba si no estaba hecha la comida o si había trastes sucios en la cocina. De vez en cuando cargaba un rato a Chuchito, sólo para “ayudarla” un rato, en lo que ella se bañaba o le preparaba la cena. Luego ya se lo deba mientras él se iba a ver “el juego del hombre”. Hacia comentarios acerca de las cosas que hacían falta en casa, pero nunca decía “estas manos son mías”. Bien dice el que dice “A los gatos les gusta comer pescado pero no mojarse los pies”.
En nuestra sociedad se pone de manifiesto una contradicción muy grande, tal como la que vive Esperanza: por un lado se invita a que las mujeres se incorporen a la vida laboral fuera de casa, en tanto que por otro lado continúa estando vigente la idea de que las mujeres son las únicas responsables del bienestar familiar, es decir, de la salud, cuidado y crianza de los hijos y a veces del esposo, así como de las tareas necesarias de la casa.
Siempre deben estar disponibles para realizar estas cosas, trabajo arduo que además no se valora, es como si fuera parte de su “naturaleza”, sin pensar que la responsabilidad de un hogar debe ser compartida. Aún más, si la mujer no alcanzara a cubrir todas estas “obligaciones” es juzgada con dureza, suele ser sancionada como “una mala madre” o que “no es una buena mujer”.
Ninguna mujer esta exenta de estas sanciones, ni aún las que trabajan fuera de casa (en fábricas, oficinas, negocios, etc.) siempre se dice que su trabajo debe ser secundario. Son ellas las que piden permisos en el trabajo para ir a las juntas de la escuela o llevar a los niños al pediatra, son ellas las que tienen que hacer malabares para cumplir con todas estas demandas a la vez. Para colmo, si alguna vez los niños se enferman, andan mal en la escuela o se drogan, se les hace sentir culpables, porque al final, se cree injustamente que ellas son las responsables del bienestar y buena conducta de los hijos. Esta contradicción tiene que ver con la creencia rancia que se ha hecho de la “División Del Trabajo” (DDT) por sexos, ya que según estas ideas caducas, a las mujeres les toca “por naturaleza” hacerse cargo de las labores de casa. Bueno, pues estas dosis de DDT han contaminado la mente de hombres y mujeres y han forzado a estas últimas a una situación de desigualdad aunque también ha privado a los hombres de la oportunidad de participar en la educación de sus hijos, de mostrarse como amorosos padres, sólo por la falsa idea de que eso no les toca, y cuando lo hacen, lo ven como “una ayuda” para la mujer. Gran parte de la reproducción de la desigualdad entre los hombres y las mujeres esta fundamentalmente arraigada en la DDT por sexos. El DDT es uno de los factores que explica el empobrecimiento de las mujeres.
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3. 4. El desencuentro y los avatares de la pareja
Poco a poco, el trajín del ir y venir cotidiano fue haciendo más grande la distancia entre los corazones antes enamorados, al mismo tiempo que sus desavenencias se volvieron más intensas. Ya nunca volvieron a encontrar un punto en común por las tardes cuando él llegaba del trabajo. La costumbre se hizo más fuerte que el amor. Cuántas noches durmiendo espalda contra espalda, ella repasando mentalmente sumas y restas, planeando como pagar las cuentas, él fumándose el último recuerdo del día sin filtro de cuando anduvo en el otro lado y le iba bien… Y al otro día, las niñas conyugales con aroma de café amargo se volvieron el menú de la mañana. Ella, al principio esperaba que él volviese a decir “Lo siento”, después se resignó a desayunar a solas a las diez de la mañana, mientras él se fue acostumbrando a comer en el puesto que se ponía en la esquina de su trabajo.
Por las noches las cosas no eran distintas, él volviendo malhumorado después de un pésimo día de trabajo con muchos deseos de cenar y dormir y no encontrar la cena porque ella, enojada también, se había pasado el día frente a la máquina de coser, remendando su recuerdos. Siempre igual, siempre igual… Él, de a poco, se fue volviendo más intolerante “¡Mira que tiradero! ¿Cuándo vas a recoger? ¡Tu aquí sentadota todo el día, mientras yo casi me mato hoy por tus benditos zapatos!". Mientras ella le reprendía que con lo que él le daba no alcanzaba para nada, “¡Me tienes aquí como tu mensa, todo el día encerrada, ni siquiera te acomides a hacer algo en la casa!”. El corazón de Salvador se fue llenando de hostilidad, el de ella igual. Las peleas se volvieron siempre igual…En el ánimo de rescatar aquel “amasijo de expectativas afectivas” ahora incumplidas decidieron buscar consulta, pero sin mayores resultados… lo que ellos buscaban no era ayuda, sino desagravio.
En cuestiones del corazón es agradable pensar que lo que induce a que las relaciones marchen bien son cualidades tales como generosidad y comparsa. Sin embargo, se reconozca o no, las parejas asumen pautas estructuradas que gobiernan sus vidas, así como la anatomía gobierna sus movimientos. Lo primero que se debe reconocer acerca de la estructuración de las parejas es que el principio que define toda relación es en alguna medida de complementariedad. En cualquier pareja la conducta de una persona esta enlazada con la conducta de la otra. Este sencillo enunciado tiene profundas consecuencias: significa que las acciones de una pareja no son independientes sino codeterminadas, sujetas a conductas recíprocas que se respaldan o polarizan.
Cuando estas parejas deciden buscar orientación las menos llegan buscando la absolución es que tengo mal genio”, “es la bebida”, “así me enseñaron que eran las cosas”, “es que tengo muchas presiones en el trabajo” pero las más lo que buscan no es ayuda sino desagravio, es decir, le quieren mostrar al mundo lo injusto, lo insensible que es el cónyuge, y lo difícil que es vivir con una pareja así.
Las parejas se presentan en términos individuales como acusadores “él es un necio” y “ella es una bruja”, o como penitentes, -“eyo soy él que ve por ella” y “yo soy la que lo aguanta”-. La pareja busca consulta para un ajuste de cuentas, nunca es “Tienes razón”, siempre es “¡¿Y lo que tú haces?!” Cada uno tiene la razón y el otro está equivocado. Los miembros de la pareja presentan su realidad individual con sus propios términos, pero a los ojos de cualquier consultor especializado los dos están equivocados, no se trata de él, no se trata de ella, sino de la manera de interactuar que hay entre ellos.
Es decir, las parejas tiene problemas no porque haya en ellas algo intrínsecamente malo, sino porque están pegadas a una estructura cuyo tiempo ha pasado y pegadas a una historia que no les funciona, lo cual convierte su relación en un caldero de brujas lleno de monólogos y polémicas.
Como se mencionó antes, la pareja es una caja de resonancia en la cual la experiencia de cada miembro reverbera y vuelve amplificada… pero cuando los engranes de la relación se traban esto pone en tensión los linajes respectivos de cada pareja, dejan de ser la familia López Leyva y se convierten simplemente en “Esperanza Leyva” y “Salvador López” y cada cual bate con fuerza el parche de los tambores individuales: ¡A ver de que cuero salen más correas! Lo que estas parejas baten en esta historia estridente es su propia confusión y dolor.
Cada uno se vuelve sordo a lo que el otro quiere o siente, pero cada miembro tiene que aceptar la idea de la interdependencia, como una verdad por lo menos equivalente a la de su creencia en sí mismo.
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3.5. Adictos al trabajo,dictador de la casa y trabajador aplomado.
Ella se refugió en la casa, con sus cosas y sus hijos, él en el trabajo. Al principio era su pequeño oasis, su abrevadero masculino, lejos de los conflictos de casa, lejos de los reproches de su mujer, que rápidamente se acomodó a esos dobles turnos que le pedían, renunció a sus vacaciones, inmolando el tiempo de sus hijos, se lo perdió, ni los vio crecer. Todo el día en el trabajo, todo el día metido ahí, de foco a foco. Se hizo experto en lo que hacía, siempre eficiente, siempre puntual. Harto le batallo para que lo hicieran supervisor, pero al fin lo logró. Ese día llegó temprano a casa, gozoso de su promoción, pero nadie le preguntó nada, tampoco compartió con nadie su triunfo laboral. Se lo guardó para sí… Desde su venganza infantil de aquellos niños montoneros, que su corazón acelerado no experimentaba esa galopante sensación de triunfo, de bravía viril. Se merecía unos tragos,Pues “bebe que la vida es breve se dijo. Se puso la guarapeta de su vida, que la curva de la hipomanía le duró tres días. Ahora ya era Don Salvador así le decían en su jale y cada vez que él lo oía en boca ajena se sentía hinchado de orgullo ¡Se lo había ganado, pues! Tan lleno estaba de sí, que hubiera peleado solo mil batallas. Sin embargo, su humor transitaba como un péndulo entre el orgullo y la irritabilidad. “¡Son unos ineptos!” les gritaba, “Si no fuera por mí, esta empresa se caería” se quejaba. Llegaba a casa malhumorado, iracundo, peleándose contra molinos de viento, sin darse cuenta que dentro del molino vivía una familia u esposa y sus hijos su propia familia. Montado en bravía soltura arremetía contra todos los de casa, chicos y grandes, quienes al principio le huían llenos de miedo, pero después, el Chuchito, blandiendo su espadín, tocaba la campana independentista con esa ansia de novillero envalentonado azuzado por una madre cansada ya de las astas del tirano... No pocas veces fue cornado (pero portaba con orgullo, en su incipiente corazón de hombre, los emblemas de una lucha sin muleta).
La vida no perdona, el día que empezó a haber recorte de personal, Salvador participó de las juntas sindicales, “Si no nos dan que no nos quiten” decía la pancarta que portaba el día del mitin afuera de la empresa. A pesar de que vio las barbas de sus vecinos cortar, nunca puso las suyas a remojar. “Me he amoldado toda la vida, me he adaptado, he hecho lo que me han dicho, he sacrificado mis vacaciones, y más”, pensaba. Se le olvido que “también al verdugo lo ahorcan”. De a poco se fue apagando…
Muchos de los hombres actuales, comenzaron a trabajar bajo condiciones de seguridad en sus empleos, contaban con sus trabajos, lo que les daba la confianza del ingreso, seguridad social, seguridad de sistemas de salarios mínimos, en protección contra accidentes, etc., les ofrecía la certeza de poder cumplir con los roles de proveedor para los cuales fueron educados. Podían planificar o comprar con la seguridad de que tendrían ingresos seguros.
Empero, debido al capitalismo rampante que ha invadido el mercado laboral, se ha buscado la flexibilización de las empresas, la eliminación de capas administrativas, la producción esbelta y una gestión flexible de fuerza laboral. En estas condiciones se ha prescindido del trabajo de muchos hombres y los que se quedan lo hacen con la incertidumbre de que mañana ya no serán requeridos. La disolución de la era de la seguridad afecta en gran parte al trabajador masculino inicuamente al menos en la medida en que la era de la regulación estatutaria se centraba en él. Ante la posibilidad del desempleo aceptan trabajar en condiciones donde “todo urge”, “todo es para ayer”, “lo tomas o le dejas”, etc., es decir, se instaura el sistema de gestión por estrés. Movidos por ese sentido de urgencia se crea un ambiente de trabajo coercitivo, un clima de ansiedad laboral ¡Do it now!En la búsqueda de resultados inmediatos épocas de fast food y lo que ello representa como estilo de vida emerge la prisa y la locura generalizada de la globalización por el deseo de tener cantidad (nivel de vida) en contraposición a la calidad de ser (calidad de vida).
Los trastornos mentales que resultan de la gestión por estrés del proceso laboral contemporáneo se manifiestan básicamente de tres maneras: los chambacólicos (toros de lidiaadictos al trabajo), los Minotauros (amos del ruedo, encerrados y furiosos en su propio laberinto) y los profesionales amorcillados (toros aplomados, hombres cuya fuerza de trabajo se ha agotado).
La adicción al trabajo puede ser más grave de lo que se cree. Ayudada por el entorno, la actividad excesiva puede convertirse en una peligrosa adicción. Culturalmente, está bien visto pasar más horas de las necesarias en el trabajo, pero puede derivar en trastornos de ansiedad o estrés.
De casa al trabajo y del trabajo a... seguir trabajando. Es que la adicción al trabajo, si bien se instala y vive en el interior del sujeto, se alimenta con increíble voracidad del contexto social. Por eso, en una situación laboral delicada, aquellos que padecen este trastorno corren serio peligro de caer en esta trampa mortal. La adicción al trabajo funciona igual que las demás, es decir, viene a llenar un hueco emocional que tiene la persona. Si a esto le sumamos un entorno que alienta a que el sujeto trabaje 12 o 14 horas de faena por día, entonces la corrida puede resultar explosiva.
Muchas de estas personas suelen ser exitosas, por lo que, lamentablemente, también hay cierto aprovechamiento de las empresas porque les conviene tener estos perfiles altamente bravíos. El problema de padecer este trastorno es que, a simple vista, no existe el problema. Socialmente está bien visto. La sanción social no existe, no hay un contexto que lo condene, lo cual refuerza la conducta adictiva.
Sin embargo, estos toros de lidia de faenas largas pueden desarrollar trastornos de ansiedad generalizada que se manifiestan, por ejemplo, en dificultades para relacionarse, se aíslan y pierden capacidad de goce, otros sufren un cuadro agudo de estrés, aunque es difícil determinar si el cuadro de estrés deriva de su adicción al trabajo o viceversa, ya que alguien estresado experimenta cambios en su conducta que, llevados al extremo, pueden generar una adicción de este tipo.
En las naciones desarrolladas, por ejemplo en Estados Unidos, hay muchos workaholics como los llaman allá porque se premia fuertemente el éxito laboral y económico; sin embargo, en los países subdesarrollados, como el nuestro, el entorno de incertidumbre económica y laboral refuerza las conductas bravías, es decir, el hombre se mata trabajando para no perder su empleo, no quiere vivir siendo citado pero reconoce que no tiene otra opción que continuar en la corrida. Esta como toro agarrochado, embravecido pero irritado.
Al igual que la depresión, este tipo de trastorno es invisible, y la persona que lo padece aprende a convivir con él. Se va cobrando víctimas de manera silenciosa. Es como el cuento de Julio Cortázar, “Carta a una señorita en París”, donde el personaje principal está al cuidado de una casa que no es suya y empieza a vomitar conejos, vomita cientos de ellos, hasta que esos conejos destruyen la casa y el personaje termina tirándose por el balcón. Cortázar, en su relato, dice que la gente sólo va a ver el cuerpo tirado en la acera, pero no a los conejos. Esos animalitos son invisibles, representan la depresión del personaje. Con los adictos al trabajo pasa lo mismo. Nadie consulta por eso, porque nadie se muere por trabajar en exceso (o tal vez sí, concluye).
Pese a los padecimientos, son pocos los que consultan por problemas de este tipo. Piensan que ser así es normal, que es parte de su personalidad. Por eso hasta que no están muy mal no consultan. Y cuando lo hacen, el disparador es siempre otro.
Habitualmente estos disparadores pueden ser cualquier conflicto que surja en casa, con la esposa o con los hijos. Cualquier evento trivial puede operar como desencadenante del estrés, irritación y frustración laboral acumulada por días. En lugar de representaciones de estas emociones que puedan ser utilizadas para pensar, que sirvan de vehículo de comunicación y que sean traducidas en acciones transformadoras de la realidad, aquellas tendrán un carácter evacuativo. Así, el padre libera el Minotauro que habita en el laberinto de su soledad. Abierta la puerta de los toriles, la bestia emerge furiosa al ruedo familiar y arremete con sus pitones sin mediar argumento alguno.
Los ideales paternos ya no gobiernan la mente del sujeto, sólo una sensación de naufragio, escepticismo e incredulidad en la que aquellos ideales laborales de antaño son tan sólo un fantasma pasado. Para ellos no hay nadie con quien hablar, habitan una soledad callada, la que corroe y destruye por dentro a millones de hombres mortalmente solos que sufren en silencio, para acusar el castigo, reflejo de la contundencia de la lidia.
Esta soledad es capaz de romper el espíritu a los hombres quienes claman desde su laberinto interior por amosquillarse bajo la sombra fresca en tanto exista la amenaza de desempleo, amenaza a su equilibrio anímico, miedo existencial al sentir su masculinidad en riesgo. En su intento por anular tales amenazas puede forjar conductas violentas, modos de alivio de tensión psíquica que se descarga arremetiendo contra los del burladero, los de su propia casa.
Entonces emerge el minotauro, amo del ruedo, que se siente dueño y señor de su hogar. El orden familiar signado por la opresión se organiza bajo la modalidad del discurso del amo, que no pretende educar, sino que la familia “marche bien”, no quiere problemas. Si los hay, los resuelve con la contundencia de sus bramidos.
Estos hombres, habitualmente sólo expresan sus conductas violentas en la intimidad familiar, en tanto que su conducta fuera de ella es absolutamente adaptada a su entorno. Estas conductas se organizan entre el secreto y su contrapartida, la traición al secreto que unifica a la familia es un eje clave alrededor del cual se organizan estas modalidades de violencia parental.
Ciertamente este orden familiar destila a dosis homeopáticas lo que el totalitarismo social inyecta a dosis masivas, pero también es cierto que el Minotauro contiene los pródromos del totalitarismo en cuya violencia no hay código, ni orden o razón, la envestida es gratuita. Actitud fundada en racionalizaciones pseudoeducativas de la hostilidad, la dictadura de la sin razón, coerción física contra los hijos, racionalizaciones espurias, pautas parentales autoritarias propias de sujetos megalómanos, mitad toros y mitad hombres, que envisten a quien se les ponga enfrente, aún a sus pequeños vástagos que le hacen frente con esas ansias de novilleros envalentonados, citando de frente al toro. En esta lidia hogareña predomina el exhibicionismo del padre y su afán de dominio sobre los objetos y sujetos de casa.
En el campo de la violencia físico parento-infantil, la madre eventualmente se interpone entre el Minotauro y algún novillero aquel chico que no espera la salida del toro en burladeros actuando como rejoneadora e interrumpiendo con un toque de clarín la secuencia de la suerte, pero incapaz de proponer alternativas que, más que interrumpirlo, pudieran modificar el juego. De esta manera se da la Alternativa, en el que la madre eleva de categoría al novillero, entregándole, al comienzo del último tercio, la muletay el estoque para que ejecute la faena en su lugar, con lo que se expone al chico a la suerte de poder a poder con el Minotauro, llamada así porque cuando el lidiador ha emprendido su viaje, el toro parte de repente con muchos pies, necesitando aquel para clavar las banderillas mucha sangre fría.
Si bien el Minotauro recupera su par homínido y pide perdón por el daño que pudo causar la intolerancia de sus astas, la hominización siempre se da a toro pasado. Salvo en los casos de mayor gravedad de las lesiones corporales, lo que más daño hace, hasta el punto de lesionar la personalidad del chico, es la pauta relacional subyacente. Lo que más le duele al niño maltratado no es el moretón o el desollón que carecerían de importancia si se los hubiera hecho en una caída de bicicleta sino que sean producto de un ataque de ira descontrolada del padre.
Finalmente, al concluir el último tercio de la fiesta brava, quien sustituye la muleta por el capote para ejecutar la “suerte suprema” para al final, tomar la espada y acabar con el burel es precisamente la gestión por estrés del proceso laboral contemporáneo: justo-a-tiempo, administración total de calidad, control total de calidad, cero errores, cero inventarios, etc.
Este proceso de intensificación laboral ha generado largas jornadas de trabajo, ampliar los turnos nocturnos, el trabajo “voluntario” sin pago esperado, realizar funciones en tiempos fuera del horario laboral, llevar trabajo a casa, trabajar en periodo vacacional, etc. Así, aquel toro bravío y comprometido, termina por aplomarse, llega muy cansado al final de la lidia, ya sin firmeza y verticalidad de los remos. El exceso de esfuerzo en el trabajo es una estocada en el corazón del hombre. No hay indulto…
Sin embargo, esta estocada no se da de a cuajo, sino a través de un proceso muy sutil y gradual que va a acabar el carbón al toro. El agotamiento laboral se manifiesta a través de fatiga mental, vaciados de toda energía vital, producto del desgaste excesivo en ambientes de trabajo, competitivos y despersonalizados, que afecta la estabilidad emocional de las personas y sus familias.
El amorcillamiento del toro, otrora bravío, es resultado de un largo proceso de ansiedad y tensiones en el ambiente laboral, y es atribuido al exceso de trabajo, a la ausencia de autonomía y control, a una sensación de recompensa insuficiente y a discrepancias entre los valores del trabajador y la organización. La energía, eficiencia y entrega del individuo activo se degradan en fatiga, cinismo y la inhabilidad del individuo de funcionar productivamente.
Muchos atribuyen esta sensación de estar agotado, laboralmente hablando, a la disonancia entre las expectativas de personas ambiciosas que comienzan sus carreras y la realidad del mundo en que acaban por desenvolverse: la energía de su entrega fue directamente proporcional a la desilusión de la recompensa.
Así, los hombres de lidia terminan doblados y luego apuntillados en el ruedo por ese discurso económico-liberal hegemónico que impone valores de pragmatismo, exitismo, competencia y consumo. La búsqueda del éxito económico, cuando es desenfrenada, intoxica las mentes, igualando el poseer con el ser, y despojando de contenidos solidarios el accionar comunitario.
Un toro amorcillado, herido mortalmente en su virilidad, no da más juego, se encuentra en franca aflicción, producto del sobreesfuerzo en el trabajo, que se manifiesta en severas pérdidas de energía y en un descenso de calidad y cantidad de rendimiento, se convierte en un toro manso que busca las tablas. Estar “gastado” conlleva un cansancio emocional provisto de una pérdida de motivación, que suele progresar hacia la frustración y el fracaso. En su agotamiento o fatiga laboral, reconoce la sensación de no poder dar más de sí mismo a los demás. Soporta, además, sentimientos de desesperanza e indefensión, pérdida de recursos emocionales y desarrollo de actitudes negativas ante el trabajo, la vida y hacia otras personas. No tardará mucho tiempo en caer, aunque se le vea haciendo esfuerzos por mantenerse en pie.
Burel abochornado vencido en la pelea de la sin razón laboral se le apartará de la piara en el campo cuando se retire. Varones extintos, exiliados sin pasaporte en un mundo glacial, condenados a transitar por terrenos sin cartografía sólo les queda adaptar sus ojos a la oscuridad. Prisioneros de la nostalgia por su identidad anterior, cuando proveía el pan de casa, apenas escuchan susurros de ofrendas del indulto de Afores que se van…
El pensamiento quedará inhibido en lo relativo a las áreas específicas de conflicto. El enorme consumo de estimulantes legales e ilegales, alerta hasta donde ha llegado este problema.
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3.6. El desempleo y su impacto en la masculinidad.
Tanto que le costó llegar hasta donde llegó. El día que después de tantos años de pleitesía a los patrones lo nombraron “Supervisor de Obras”, así, con mayúsculas, sintió al fin que la vida le hacia justicia. El día que le dieron las “gracias”, con minúsculas, sintió que la vida se le acababa. Aquel sentimiento de su adolescencia se posó nuevamente en su corazón ya de 37. Habían pasado 20 años desde que se hiciera hombre, cuando le avisaron que su padre se había muerto y tenía que hacerse cargo de su madre y sus hermanas, con el rostro desencajado como entonces, caminó errante sin llegar a casa. Su masculinidad, forjada a través de una vida de trabajo, amenazaba con quebrarse. Otra vez el ánimo se le agrió (más). El recuerdo de un “churrito” se posó suavemente en su corazón acelerado, sintiendo un leve regocijo.
Cuando Esperanza lo encontró tomando, se lo llevó pa’la casa como antaño, cuando se perdía. Hasta veces, ella y sus hijos lo empujaban a levantarse de la calle, como quien trata de levantar una mula echada, pero la depresión se le había colado hasta los huesos. Con el dinero que le dieron a su marido, ella puso una tiendita, mientras trataba de darle ánimos, “Acuérdate lo que decía tu mamá (q.e.p.d.) ‘más vale una hormiga andando que un buey echado”. Él le prometía, todos los días, que o’ra si iba a buscar trabajo. El dinero se fue acabando al mismo tiempo que las promesas de Salvador se iban diluyendo en el alcohol. Dentro de sí, tintinaban las palabras de su abuelo “No se te olvide m’ijo, que el que mantiene, detiene”.
El desempleo para Salvador fue apocalíptico ya que perder su papel de proveedor lo condenó a deambular como alma en pena. El desaliento se le vino encima (y el vino también) mientras en la televisión los políticos decían que íbamos por el camino correcto... pa’ vivir mejor.
La era de la flexibilización ha traído consigo el desempleo masivo, condiciones precarias y mercado informal laboral, además de la feminización laboral emplazamiento relativo del trabajador varón lo que puede generar en él la idea de que las mujeres les están quitando sus trabajos, lo cual puede alimentar la intolerancia y la discriminación contra ellas. La era del riesgo se inauguró en los hombres actuales de forma radical, perdiendo ese mundo de seguridad que se amoldaba más a ellos como proveedores principales.
Las consecuencias y costos del desempleo están documentadas ampliamente en la literatura: exclusión social, deterioro a largo plazo de las aptitudes laborales o profesionales, merma de la capacidad cognoscitiva cuando la persona desempleada pierde la confianza y seguridad; perdida de la autoestima y abatimiento al verse dependiente y sentirse inútil e improductivo. Otros efectos son el desaliento y la apatía la persona descorazonada corre el riesgo de quedarse sin empleo indefinidamente, de perderlo si lo consigue y de verse cada vez más pobre estragos en la vida familiar y social.
Un clima de desempleo generalizado puede conducir a un largo periodo de inactividad y llegar a generar una actitud de escepticismo respecto de la justicia de las instituciones sociales. Un nivel elevado de desempleo suele asociarse inclusive a tasas altas de morbilidad, de suicidio, y más elevadas de mortalidad (sin incluir el suicidio).
El desempleo laboral y la precariedad laboral producen, sin ninguna duda, un intenso malestar psicológico en los varones que puede paliarse con el consumo excesivo de cigarrillos con filtro o sin él el abuso de bebidas alcohólicas y eventualmente el uso de otras drogas a su alcance y economía.
En una situación social en que el desempleo galopa en cuaco rampante, es fácil inferir la incapacidad de seguir asumiendo el rol proveedor, lo que trae aparejada una pérdida o al menos, un cierto debilitamiento de la autoridad masculina.
Una nostálgica sombra del pasado parece haber caído sobre los varones actuales.
La botella permite canalizar estas aguas tormentosas de la crisis personal y laboral que experimentan los varones ansiedad que transita por cables masculinos de alta tensión, buscando una descarga tipo fuel injection al dolor de su rol herido. Así, Don Alcohol cumplirá como los meros machos con su papel de ansiolítico social en un doble sentido: de catalizador de las tensiones masculinas, y de dispositivo tolerado (y legal) en el medio masculino en que actúa, el aditivo perfecto que permite a los hombres, de tanto en tanto, pasar la verificación obligada de su masculinidad. Entonces el consumo del tóxico es querido por la sociedad que acepta de ese modo la evasión de sus problemas, sancionando como mecanismo alternativo de relajación el uso de una droga.
No se trata de anatematizar ni de ser complacientes; no es un tema menor, nos interpela y nos convoca a repensar cuestiones clásicas y a formular nuevas preguntas e intentos de respuesta en tiempos donde la dimisión estructural de la figura del padre como proveedor y protector ha generado un colapso de ideales simbólicos.
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3.7. Depresión, dipsomanía y crisis de masculinidad
En este proceso de vida, el corazón de Salvador se fue llenando de hostilidad. Esto, entre otras cosas, contribuyó a nutrir la depresión en que Esperanza empezaba a vivir. Él, de la mano de sus amigos, pasó de la depresión a la dipsomanía. Ella, de a poco, se fue volviendo indiferente, ya no sentía nada, dejó de importarle lo que él hiciera o dejara de hacer; se fue volviendo distraída, ganó peso, le costaba trabajo concentrarse y seguido se le olvidaba lo que iba a hacer. Él, también de a poco, como buen constructor que era [¿o fue?] fue tejiendo castillos en el aire, de donde sostenía sus recuerdos de pasadas batallas conquistadas, dispuesto a contárselas a quien quisiera oírlas; nunca faltaba quien, a cambio de un trago de aguardiente, se chutara sus historias en el ruedo, de cuando desafíó a los “molinos de viento”, de cómo le gustaba “entrar a los terrenos cambiados del toro”, o cuando aguanto el mayor amperaje de corriente eléctrica compitiendo a los “toques” con sus amigos de juventud, y cosas así, en realidad nada que contar, salvo emblemas de una masculinidad mal entendida. Con esta historia parasitada de ideas rancias de virilidad, fue fácil comprar litros y litros de esa agüita que ataranta, “bebé que la vida es breve”, “para todo mal mezcal”, “más abrigan buenas copas que buenas ropas” y lo que nunca, se hizo acompañar de amigos y parejas etéreas “con amor y aguardiente, nada se siente”, pregonaba a los cuatro vientos. De nada valieron recomendaciones y ruegos de esposa y hermanas “Como no se leer, ni en los letreros me fijo” decía mientras reía con aires seráficos, intentos vanos de reivindicación viril. En esos momentos de valentía etílica se juraba a sí mismo que iba a volver a ser el de antes, otra vez levantaría muros, diques y garitas, pero “como cacarear es fácil y lo difícil es poner”, pues entonces, cuando en su sobriedad se encontraba de frente con la Realidad y esta le devolvía que no había tales, la solución para teñir su herida interna era simple, si alguien quería su trabajo tendría que buscarlo a él. Si bien dicen “cuando el zorro no alcanza las uvas, dice que están muy verdes” triquiñuelas para apaciguar ese orgullo viril mal entendido.
En otras ocasiones, las cosas eran distintas, después de cierta dosis, el alcohol no tiene palabra y termina develando lo que se comprometió a esconder cuando “el vino entra el secreto sale” y a través de letras vernáculas pautadas o directamente a capela, emergen de un pecho autófono las heridas supurantes. Se dice que los hombres no deben llorar… pero al final cada quien encuentra “su cebollita” para hacerlo, sólo así se les concede, a cantos de charro herido, por eso dicen “cuando el gallo canta, es que algo trae atorado en la garganta”. Momentos de transparencia sutil de un corazón amargado, radiografías de cartas regresivas a la locura masculina, efugios que aspiran pasteurizar creencias apolilladas de una masculinidad que ya no es, y que por el contrario los condena a habitar un péndulo entre la tristeza y la manía. Así que por más intentos etílicos que se hagan aún el vino más dulce, hace el vinagre más agrio.
Alcohol, amigos y mentiras: el prisma de la depresión de Salvador. En este realismo mágico, plagado de estereotipos banales sobre los hombres con el fin de defender sus afirmaciones sobre las identidades masculinas mexicanas se inauguró la violencia contra la Esperanza, su Esperanza…
El alcohol esta ahí, para elevar en un instante muros y diques, y canalizar las aguas tormentosas de la crisis laboral y conyugal, conyugal y laboral, obrando a fin de cuentas contra lo que podría manifestarse como signo de debilidad.
El abuso y dependencia al alcohol es uno de los principales problemas de salud entre los varones adultos en el país. El alcohol tiene efectos a nivel biológico, psicológico y social que operan directamente en la conciencia de la persona, para la cual el logro de las promesas etílicas (y etéreas), gracias a un patrón de consumo afincado, es el final “feliz” de múltiples situaciones emocionales como vía alternativa de respuesta a las mismas. Para muchos hombres, la ingestión de alcohol suele ser la solución más económica en situaciones de naufragio, aunque se trate de una solución ilusoria y falsa, y por tanto, contraproducente.
Los hombres que experimentan inseguridad son más proclives a la ingesta excesiva, ya que beber los provee de un mecanismo de adaptación al estrés engendrado. Mediante la pérdida de conciencia que el alcohol provoca, el sujeto alude a la posibilidad de una solución quimérica que repare esa sensación de pérdida del control control de los demás, de la realidad, de sus emociones, etc. Los episodios de embriaguez podrían considerarse como un estado de evasión ante situaciones conflictivas; el individuo busca diluir en el alcohol una serie de sensaciones displacenteras, cayendo en un estado de evasión aún más desfavorable.
La dependencia alcohólica no estriba tanto en las modificaciones que hayan tenido lugar por su ingestión, cuando por el hecho de que ante la progresiva complicación del conflicto originario, las posibilidades de solución se alejen más y más, y por consiguiente, la necesidad de evasión es cada vez más imperiosa. A la mayor necesidad de huir de la realidad se une ahora como antes, la fácil disponibilidad de la bebida alcohólica (y de otras drogas).
Para el alcohol la función primaria en la sociedad es reducir la ansiedad, unas veces de forma manifiesta como en el caso de las sociedades primitivas y otras de modo latente.
Beber es una respuesta a las tensiones individuales, sin embargo no siempre la amenaza de una sanción social restringe la ingestión excesiva, que paradójicamente, puede producir nuevas ansiedades, dado que la intoxicación puede potenciar conductas hostiles.
Así también se considera que únicamente entre los hombres el alcohol es un disparador de comportamientos justificables sólo por su consumo (por ejemplo, la violencia conyugal). Es un ambientador, un potenciador de la valentía, un referente de pertenencia grupal masculina, una característica de la identidad de los varones.
Resulta interesante en este análisis tener en cuenta la influencia que ejerce el grupo de amigos en estos individuos. Estos grupos tienen una función catalizadora en la formación de conductas masculinas, lo que puede evidenciarse en la forma en que los individuos hacen suyas las normas, los valores y las costumbres de dicha colectividad. Esta homosocialización puede resultar un gran soporte cuando se trata de construir la subjetividad masculina, pero también puede constituir un gran riesgo en la mal formación del sujeto masculino, quien crecerá con ideas de una masculinidad paleolítica, soportada en ideas que ya crujen.
Una persona no se convierte en bebedor de la noche a la mañana, el establecimiento del hábito como tal pasa progresivamente a través de una proceso de socialización en el cual influyen muchos factores, por ejemplo la exposición temprana de los niños al alcohol, el comportamiento de ingesta de los padres, su consumo usual en las comidas, la importancia moral atribuida al hecho de beber, el asociar el beber con conceptos de virilidad, la aceptación social de la embriaguez, la no-aceptación de la abstinencia y las reglas del beber social, además del contenido de alcohol en las bebidas más usuales entre los jóvenes y su asociación con la diversión. Pero también se debe a veces a causas evasivas o de otro tipo o a insuficientes opciones recreativas que son fácilmente remplazadas por el uso del alcohol.
No hay duda, el consumo de alcohol influye en el comportamiento de los individuos y por lo tanto en la relación de éstos con otros. Su consumo, sobre todo en etapas más agudas, tiene un fuerte impacto en el trabajo, en la economía y en la relación con la pareja y los hijos.
El consumo de alcohol ha sido admitido en todas las sociedades; es aceptado como elemento motivador en reuniones de amigos, familias y hasta de trabajo o estudio, lo que tiene que ver con patrones, costumbres y tradiciones ancestrales. Prescindir de su consumo suena a fantasía, pero aprender a interactuar con las bebidas alcohólicas no es una utopía,aprendera relacionarse el alcohol exige un consumo moderado y responsable, tal es el desafío de todos los bebedores.
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3.8. Al abuso de alcohol, un acólito de la violencia en casa
Ya desde antes era violento pues, pero no tanto como se volvió con el alcohol. De plano cambió mucho, hasta se hizo viejo. De aquel muchacho garrudo y garbado quedaba poco. El alcohol le fue haciendo un agujero en el alma, o en todo caso, quiso llenar aquel agujero de su niñez perdida con litros de aguardiente, pero solo consiguió que se hiciera más grande, más hondo, más oscuro…hasta que le formo un arroyo de olvido anegado.
La violencia se arraigó en el hogar como se arraiga el cochambre en los sartenes, difíciles de quitar por más les talle uno, o por más que uno compre productos ques’que milagrosos para quitarlo, ahí sigue. Así, por más que ella le pedía y suplicaba, por más que ella le echaba habladas y patadas, por más que le llevó al cura y al séquito de hermanas, no hubo poder humano que lo hiciera entrar en razón. Empezó desde antes que lo corrieran de la chamba, poco después de que lo hicieron “supervisor de obra”. Ya era medio mandoncito, pero después de eso se volvió intolerante…
Llegaba a la casa siempre de malas, con las bolsas de los pantalones llenos de reclamos, que si esto, que si aquello, que si por qué no, que si por que sí, que si porque subí o porque bajé, con nada la daba yo gusto doctor” años después contaría Esperanza al psicólogo de la clínica a donde la mandaron. “Me maltrataba, me echaba mis habladas, que si porque estaba gorda, que si porque era tonta, que si porque me salía sin avisarle o porque me tardaba mucho en tal lado, por todo señorita, con nada estaba contento el patrón. Hartas veces le dije, ‘mira Chava, esto que haces no esta bien, entiende por favor, te lo digo por tu bien, no les hables así a los niños porque a ellos todo se les va quedando, luego cuando son grandes viene los problemas, tampoco me digas a mí esas cosas porque me haces sentir muy feo…’ y él solo me decía, ‘tu estas loca mujer’, nunca me quiso hacer caso, doctor, bien decía mi abuela, “la lengua no tiene dientes pero bien que muerde” relataría Esperanza. “En esa época ya teníamos más o menos el modo, po’s le empezó a ir bien a él, aunque decía que eran muchas presiones en el trabajo ¿Cómo dice doctor? Pues bien, bien, no sé, sólo me dijo que le habían dado un mejor trabajo pero ni le entendí de qué… No doctor, en esa época nunca me pego, pa’ que le voy a echar mentiras, sí se le hizo un carácter muy feo pero nunca me pegó, eso vino hasta que le dio por la tomadera…
¿Cómo dice? Ni lo mande Dios doctor, a mí, pa’que’s más que la verdad, nunca me gusto tomar, nunca me llamó ni siquiera la atención, así que yo diga, ¿a ver qué se siente estar una tomada? ¡No!, ya tenía bastante con él para luego yo también echarle... Pues más o menos fue cuando nació mi segunda niña, ya ve que le dije que después de Chuchito tuve a la Paty y al Kevin, pero cuando ellos ya estaban creciditos, ya ve que antes era la época de los pilones, Dios me mando el piloncito. Le decíamos la Chiripa, porque fue de pura chiripa que naciera pues a mí el doctor ya me había operado…Sí doctor, esa misma, la que se me murió cuando su papá estuvo anexado. Bueno, pues le digo que los golpes vinieron con la tomadera. En esa época sí que le batallamos harto doctor, me echaba la culpa de todo, ‘Tu tienes la culpa’ me decía, que si no hubiera sido por mí pudo haber hecho esto, que por mi no pudo terminar tal cosa en el trabajo, todo era por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, y yo hasta pensaba ‘tiene razón, voy a cambiar esto o aquello, ya no lo voy a molestar’, porque de verdad pensaba que yo tenia la culpa de todo eso, y le decía a los niños, ‘vayan un rato a jugar a la calle’ cuando veía que él llegaba de malas porque me imagina que llegaba cansado y lo que menos quería era que le dieran lata, así pensaba yo más antes… Ahora que lo pienso creo que aguante tantos años de maltrato porque creía que yo me lo merecía, como que más antes una estaba medio tapada de la cabeza ¿no? Me acuerdo que luego me decía, ‘¿con cuántos has andado? ¿a quién metes cuando yo no estoy?’ o ‘¡hay de ti si me llego a enterar de algo, ya verás como te va!’, se ponía tan celoso que me tiro unas faldas que porque estaba muy cortas. No doctor, como cree eso, eran puras figuraciones de él. Luego me quito de ir con mi mamá…No doctor, ¿po’s cuales amigas? Ni tiempo tiene una para eso, y aunque lo tuviera, ya merito que me iba a dar permiso de salirme a tomar un café con ellas como usted dice.
El testimonio de Esperanza de cuando él fumaba su famosos “churros” y llegaba borracho en la madrugada ilustra la forma en que su corazón se le fue llenado de vinagre “Luego se ponía bien mal, se ponía como loco, se le ponían los ojos bien rojos, como si fuera un diablo, a mi me daba tanto miedo que mejor me salía yo con mis tres chiquillos y la niña de brazos a la calle, a andar no’más por ahí, caminado, hasta que yo echaba de ver que ya se le había pasado, luego regresaba y ya lo encontraba dormido. Cuando no lo sentía llegar, entraba y nos despertaba a mí y a los niños y nos pegaba a todos. Hubo veces que me obligó a hacer con él cada cosa, me ponía las manos en la garganta y yo juraba que me iba a matar, entonces yo ya accedía con tal de que no me hiciera daño o de que fuera a despertar a los niños.
Si no cabe duda, el alcohol es un acólito de la violencia…
“También tenía harto miedo de que me contagiara de algo, pues me habían platicado que tenía otra muchacha allá por el rumbo del bordo, ha de haber sido una ofrecida de’sas… Po’s como no me iba a dar coraje doctor, eso de que su marido de una ande en amores ajenos a quién le va a gustar, pero que le hace una, si así son ustedes de cabezones. Hay, doctor, pos yo digo que todos, no sé usté. Total que sí le batalle harto, doctor. Fue una época muy difícil para mí…
¿Por qué el amor se convierte en terror?
Como ya se ha mencionado, todas las relaciones abusivas se basan en la creencia de que una persona tiene el derecho de controlar a otra. Cuando esto ya no le da resultado, las acciones a las que recurre la persona que tiene el poder inauguran la violencia física. La violencia física es un conjunto de pautas relacionales que, de forma inmediata y directa, ponen en peligro la integridad física de las personas que están sometidas a ellas, cuyos responsables suelen ser miembros significativos de sus propias familias.
Por su parte, la violencia psicológica no se explica sólo diciendo que se trata de una violencia verbal, es decir, el uso violento del lenguaje en forma de gritos, amenazas o insultos, no; se trata de algo más complejo. No son sólo el uso de palabras gruesas y decibeles altos. Imaginen a la abuela de Chuchito gritándole “¡Te voy a matar escuincle del demonio!” mientras corre detrás del nieto que acaba de romper sus macetas con la pelota “¡Yo también te voy a romper la ‘maceta’! ¿Por qué se meten conmigo?”. Nadie en su sano juicio se atrevería a pensar que la abuela tenía verdaderas intenciones filicidas. Muchas familias en México se hablan así, con folclor verbal, codifican y decodifican mensajes que, descontextualizados, podrían ser malinterpretados por otros. Así las cosas, nadie dudaría que por la noche la abuela le preparó su chocolatito al nieto, y lo bebieron tan contentos como siempre. No es este el caso de cuando existe la violencia psicológica. Pero cuando aquel Salvador celoso amenazó con matar a Esperanza, el mismísimo Otelo hubiera intervenido si los hubiera visto. Los gritos y amenazas no eran para nada banales, pues ya anunciaban lo que después vino con el vino, un serio maltrato físico y sexual.
Muchas personas le atribuyen al maltrato psicológico un carácter de menor problema respeto al maltrato físico, como si fuera solo un apéndice de aquel. Grave error, el maltrato psicológico es una realidad mucho más extensa, importante y grave que el físico, por más que éste pueda condenar a alguien a pasar sus vidas en una silla de ruedas o a perder la vida misma. Aún así, sería un mecanismo del maltrato psicológico el que habría puesto en marcha la maquinaria asesina, pero de ninguna manera puede concebirse que aquél esté ausente cuando se produjo el último. La violencia física es como la punta del iceberg, siempre evidente, pero emerge del maltrato psicológico, más ancho y más profundo.
La violencia psicológica familiar consiste, al igual que la violencia física, en un conjunto de pautas relacionales, aunque a diferencia de ésta, la amenaza es para la madurez psicológica y la salud mental de las personas sometidas a ella. Y salvo en casos graves de daño físico, lo que más daño hace, es esa pauta relacional soterrada, no siempre evidente. De hecho, las situaciones de violencia psicológica más severas y enloquecedoras corresponden con pautas relacionales sutiles que pueden pasar desapercibidas a terceros.
¿Por qué se mantiene estas pautas relacionales en la pareja? ¿Por qué es tan difícil verlas y modificarlas? ¿Qué contribuye a exacerbarlas? ¿Cómo se pueden modificar?
Para empezar, muchas de estas pautas han sido internalizados previamente, en mayor o menor medida, del contexto cultural del que se nutren las narrativas y las mitologías familiares operando en contra de las relaciones nutricias y amorosas.
Los poderes masculinos siguen inmersos en las estructuras y formas de organización social, político, militar, económico y hasta religioso, formando el eje central de todas las desigualdades. Una estructura no está desvinculada de la otra. Todas forman un tejido de opresiones que pueden destruir la convivencia de una pareja a pasos agigantados. No importa cual sea la forma de desigualdad, la receta siempre será la misma, porque desde la masculinidad, el poder no se concibe como un poder "para" sino un poder y control "sobre" las otras personas o los diferentes recursos (por ejemplo los naturales).
El poder, cuando es unilateral y sin cortapisas, muy probablemente sojuzgará y abusará. La posición de género es uno de los ejes cruciales por donde discurren las desigualdades de poder, y las relaciones de pareja es uno de los ámbitos en que se manifiesta.
Esto no significa que las mujeres no ejerzan poder sobre otras mujeres u hombres por edad, clase, cultura, etnia, raza, etc., como la mamá de Esperanza sobre su hija. Sin embargo, todas las mujeres como género están sometidas a la opresión patriarcal y al dominio público y político de los hombres y muchas veces en lugar de oponerse al sistema patriarcal, aceptan la subordinación genérica a cambio de ejercer dominio sobre otras mujeres u hombres.
En este sistema patriarcal existe una discriminación, invisible pero contundente, basada en esa injusta lógica distributiva de poder entre hombres y mujeres, alimentada por creencias atávicas y recalcitrantes. Esta discriminación opera como una especie de contaminación colectiva que genera un clima social que favorece y naturaliza la violencia contra las mujeres. Es decir, la violencia de género y la universalidad de la dominación masculina han marchando a la par, portando botas de casquillo.
En el ejemplo presentado, es relativamente fácil seguirle la pista a las relaciones de poder que se fueron gestando en aquella joven pareja. Sin embargo, en la mayoría de los casos éstas se disfrazan y camuflan lo que hace más complicado su identificación.
Otro de los factores que contribuyen a exacerban la violencia familiar y de pareja es el abuso de alcohol y otras drogas, problema de salud pública en nuestro país.
Esta visto, en México uno de los principales motivos atribuido por las mujeres para que se genera violencia contra ellas es el consumo del alcohol de su pareja. La mayoría de los problemas de pareja estaban vinculados con el consumo de alcohol del hombre, al grado de ser reconocido por algunos hombres como problema y de motivarlos a disminuir el mismo.
De acuerdo con estudio realizados en CIJ, desde hace más de un lustro se ha venido documentando la relación que existe entre el abuso de bebidas alcohólicas y la violencia familiar. Al abordar estos problemas requiere acercarse a múltiples aspectos que surgen de la multidimensionalidad y complejidad que los reviste. El abuso de alcohol y otras drogas esta fuertemente relacionado con las dinámicas violentas propias de las sociedades contemporáneas. De igual modo, dentro de los microespacios familiares donde transcurre la cotidianidad de los consumidores de drogas se propician formas sutiles de exclusión y estilos de vida violentos. Se reconoce, pues, que estos problemas no son excluyentes, por el contrario se reporta que las familias organizan el conjunto de las vidas de sus miembros alrededor de ellos.
Se reporta, por ejemplo, que en los casos estudiados los episodios de embriaguez son un detonante de la violencia en casa, y que ésta contribuye al debilitamiento de los vínculos familiares, que a su vez se traduce un deterioro de los recursos familiares, que de manera persistente incrementan sus condiciones de vulnerabilidad.
Así mismo, se reporta que estos problemas están signados por procesos de estigmatización y de marginación social, que constituyen un medio poderoso para reafirmar el rechazo que resisten estas familias de parte de las instituciones totalitarias. A través de estos procesos de exclusión, separación, culpa y vergüenza se clausuran las posibilidades que aquellas busquen ayuda especializada a sus problemas o, en todo caso, lo hagan sólo a través de formas espurias que estén a su alcance, alternativas que no ofrecen sino perpetuar la escisión de dos problemas sumamente intrincados.
Otro de los factores que contribuyen de forma importante a perpetuar la dominación y violencia de género es la organización social del amor. El amor no son sólo esas mariposas que revolotean en nuestro estómago, el concepto de amor también puede entenderse primordialmente como prácticas de relaciones sociosexuales. ¿A ver cómo estuvo?
Significa que en nuestra sociedad patriarcal existe una lucha de poder sociosexual (roles, trabajo, deberes, espacios, etc.) como ya se ha dicho antes, pero también existe una lucha sobre las condiciones políticas del amor. El amor, como poder humano-materialista y como práctica social es básico para la reproducción del patriarcado. Así, el amor en nuestra sociedad esta organizado como el juego de “suma cero”, significa que lo que uno gana el otro pierde, en absoluto esta basado en una mutua compensación e intercambio equitativo, por el contrario tal organización consiste en transgredir la reciprocidad que implicaría un valor igual para los dos. Por ejemplo, los hombres se apropian de los poderes o capacidad de amor y cuidados de las mujeres sin dar a cambio lo mismo, al grado de explotar sus reservas emocionales. Pocos han tomado en serio el uso que hacen los hombres del amor de las mujeres para explicar la dominación masculina.
En esta organización amorosa, si ellas quieren tomar control sobre las condiciones de vida que comparten con su pareja, por ejemplo tener pleno acceso a las finanzas comunes o la demanda de que los hombres asuman sus responsabilidades emocionales como esposos o padres, a menudo, las mujeres acaban sin pareja. Una buena relación es un contrato entre dos, donde ambos contribuyen de manera recíproca para hacerse mejor la vida.
Desde esta concepción del amor se pueden explicar los celos como un cuarto factor que contribuye a generar la violencia de pareja.
Los celos suelen ser considerados como una manifestación del amor “sólo se tiene celos de lo que se ama”. Analizando la situación con más detalle, surgen dos componentes muy evidentes, el conjunto de situaciones no placenteras que generan los celos (bronca, malestar, violencia, etc.) y la serie de reacciones de conducta y/o verbales en relación a la situación que generan los celos (reprimir comentarios, separarse de amigos/as, no frecuentar ciertos sitios, cambios en la apariencia, etc.); estas dos situaciones están lejos de ser una expresión y medida de un sentimiento como es el amor.
Los celos como tal responden a la intención de “propiedad”, entendida como la noción de sentirse dueño de algo, y la convicción de tener una forma privilegiada de relacionarse con el otro. La amenaza de esa “propiedad” y/o “privilegio” genera en las personas una inquietud, que según el carácter y las posibilidades van a expresarse de diferentes formas. Una de ellas el pretender controlar al otro, por más que no siempre se reconozca. Lo que pretenden los celos es tener el control sobre la persona (relacionado directamente con el concepto de propiedad). La diferencia entre la gente violenta y la que no lo es, es que la primera no tuvo un minuto de cuidado amoroso y de respeto en su vida. No saben la radical diferencia que hay entre cuidar a alguien y controlar a alguien, querer a alguien y poseer a alguien. Al no tener referencias de qué es el cariño, pues qué van a saber de amores.
Los celos surgen entonces como una forma de afrontar la inestabilidad de una relación afectiva que uno asume como “expropiada”.
Si se quiere pensar en cambiar las condiciones de desigualdad social entre hombres y mujeres, habría que pensar también en cambiar las relaciones socioamorosas, allí las mujeres deben lograr su control efectivo sobre sus afectos, sobre cómo y de qué forma usar esa capacidad.
Parafraseando a quienes han estudiado por generaciones el problema de la dominación de género, alguien dijo “el día que las mujeres puedan apropiarse de su fuerza laboral podrán emanciparse de la dominación masculina”, bueno pues ahora las mujeres trabajan y algunas hasta ganan más que sus parejas, y la cosa no ha cambiado mucho. Alguien más dijo “el día que las mujeres se apropien de cuerpos y de su erotismo podrán ser libres”, bueno, pues el advenimiento de los anticonceptivos y la mayor libertad sexual no fue suficiente, los cuerpos femeninos siguen físico-construyéndose pensando en agradar a los hombres. La nueva apuesta es que el día que las mujeres se apropien de su capacidad de amar y la autoridad para determinar las condiciones del amor en la sociedad, entonces se podrán modificar mucha de las asimetrías en las relaciones de pareja.
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3.9. El hechizo del alcoholismo
Pero bien dice el dicho “el alcohol ha ahogado a más hombres que el océano”, así que al rato tuvieron que anexarlo…Con ayuda de las hermanas, Esperanza lo convenció de que se internará. Al principio no quería pero luego sí, luego ya no quiso otra vez que porque eso era para puros alcohólicos y él no era de esos. “Alcohólicos son los que se quedan tumbados en las baquetas, ¿y a mí, cuándo me han visto haciendo desfiguros? Cuando yo quiera la dejo”. Total que tuvo que ir ella a solicitar atención, para que los del anexo fueran a hablar con él. No fue fácil convencerlo, pero al final accedió a tratarse.
15 años tenía la Paty cuando a su padre anexo. Le toco acompañarlo ese día pues su madre tuvo que ir ese día al hospital porque la Chiripa se le había puesto mala. Bueno, pues la Paty tuvo que ir con su papá, ya le tocaba, ya estaba grande. Adentro Don Chava como le decían no la pasaba nada bien. Ahí había más gente de la que cabía. Rodeado de señores panzones que le decían lo que tenía que hacer. Lo peor llegó después, un síndrome de abstinencia que le vino por suprimirle de cuajo el vino. Entre sus sienes se agolpaban por racimos, los recuerdos agrios de su vida. En esos delirios de abstinencia se veía bebiendo tragos de tequila de Jalisco, mezcal de Oaxaca, pulque de Hidalgo, bacarona de Sonora, un zorro de Tabasco y hasta un mosquito de Toluca…
Tres veces estuvo internado, hasta que los del anexo le dieron su alta.
Cuando el individuo cae en un estado tal de dependencia, comienza a producirse en él cambios físicos y psíquicos de repercusión social, llegando, inclusive, a un estado a deterioro psicosocial donde no le interesa más nada, solamente piensa en proporcionarse el tóxico de cualquier forma sin tener nada, excepto esto, como meta en su vida exponiéndolo a una situación de grave riesgo para su salud e incluso para su vida.
El alcoholismo causa en el sujeto una efracción, no sólo de la realidad sino también de las imágenes mentales.
En la estructura social se distinguen las metas y los medios para alcanzarlas, es decir, la estructura cultural y la estructura social, la primera son los objetivos, propósitos o intereses culturalmente definidos sustentados como legítimos por todos los miembros de la sociedad y la segunda son las reglas arraigadas en las costumbres e instituciones relativas a los procedimientos permisibles para alcanzar dichos objetivos.
Sin embargo, paradójicamente, las mismas estructuras sociales y culturales que organizan las conductas, generan también tendencias contrarias a la salud, por el contrario generan graves malestares a los usuarios y son potencialmente fuente de desorganización personal muy serias. Cura de caballo iatrogénica…
En el anexo le dijeron a Esperanza que tenia que ir todos los sábados a dejarle la despensa, recoger la ropa sucia y de paso asistir a unas pláticas. Ahí, ella les explicó que su marido se había vuelto alcohólico por culpa del trabajo y los amigos, y ellos le explicaron que tenía que ayudarle a salir de la adicción, que no hiciera cosas que lo provocaran para evitar que recayera.
Esperanza estaba convencida de que si Salvador dejaba la tomadera, entonces dejaría de maltratarlos, a ella y sus hijos, dejaría de ser celoso, desconfiado, grosero, de hacer el ridículo, de auto agredirse, etc. Si él ya no tomara, pensaba ella, mejorarían la economía de la casa, la salud, la comunicación y el cumplimiento de sus responsabilidades como padre y esposo.
En un principio, Violencia y Alcohol son los que mueven los engranes de la relación, pero después la coerción ya no es necesaria, el instrumento de control e integración social ha pasado a ser el hechizo. Así que, con tal de tener otra vez a su Salvador de vuelta, hizo todo lo que le dijeron que hiciera… El hechizo es el resultado de esa paralización psicológica, en él las relaciones se han ritualizado, de tal manera que provocan fenómenos psíquicos singulares como el ejemplo la modificación de la conciencia, la pérdida del sentido crítico, negación de sus deseo, etc. Se observa una colonización del espíritu de otro, las diferencias interindividuales se esfuman y la víctima queda atrapada en una relación de alineación.
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3.10. Las vicisitudes de las mujeres violentadas en un contexto poco sensibilizado (o “De Herodes a Pilatos”)
Así comenzó el peregrinar de Esperanza. Fue un rosario de idas y venidas. Sus pesares la llevaron y la trajeron, la subieron y la bajaron, por bulevares y avenidas, veredas y caminos, por rincones y explanadas, barrios y colonias, iglesias y edificios, por lugares planos y otros empinados, por puentes de calles anchas y por puentes de ríos secos, la hicieron subir escaleras y cruzar marchas ajenas. Conoció todas las rutas de camiones, memorizó las líneas del metro, aprendió el sabor de todos los puestos de comida, conoció todos los doctores y señoritas, instituciones que no atienden los lunes e instituciones que no atienden los viernes. Y ahí iba ella, a donde le decían que tenía que ir, detrás de una sombra, mirándola, soñándola, bebiéndola, esperando que al final su Salvador se compusiera, después de tantos recorridos, de tanto polvo, de tanto días de calor y de tantos días de lluvia. La sombra de Salvador había caído sobre ella...
Primero fue con su mamá “son cosas del matrimonio” le dijo, “y eso que tu ya no sufriste con tu marido lo que yo sufrí con tu padre”. Se regresó con las manos llenas de tortillas y su corazón lleno de reproches.
Luego fue a darle la queja a las cuñadas, ellas la regañaron por andar contando lo que es privado “la ropa sucia se lava en casa” murmuró una, “así son los hombres, al rato se les pasa” le dijo la otra, “a nosotras ni nos mires, algo has de haber hecho para que te traten así” sentenció la última. Se regresó con las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas.
Luego buscó al señor cura: “¿Pero él te da tu dinerito, o no?, ¿Entonces? ¿Y tú que haces para que él sea así contigo? ¡No, no es pecado pero como si lo fuera!, ¿Pero qué cosas dices?, ¡Eso sí es pecado!”. Se regresó con el chal lleno de “avesmaríasypadresnuestros” y con la consigna de ofrecer su sufrimiento por los misioneros de… (sepa Dios dónde).
De ahí se paso con Diosito (así le decía ella). Llego llena de velas de cebo y veladoras de parafina metidas en vasos de esos donde luego sirven el agua de horchata, estuvo con él como dos horas, aunque a ella se le hizo un ratito. Lo vio ahí, tendido, todo golpeado, pálido de las carnes y despeinado como ella. “A ti también te pegaron duro” le dijo “así que mejor ni te cuento nada, pero tú sabes el apuro que yo traigo…”
También fue con el ministerio público, le habían dicho que tenía que levantar una demanda por “maltrato intrafamiliar”, ahí le preguntaron: “¿Dónde le pega?, ¿con qué le pega?, ¿cada cuándo le pega?, ¿le toca su parte nobles sin que usté lo autorice?, ¿la jalonea? etcétera, etcétera y etcétera. Se regresó impregnada del olor a frituras que había en las sillas sucias del ministerio y también llena de recomendaciones de Doña Alicia ¾la que vendía las frituras en la esquina acerca de qué trámites hacer, qué papeles llenar, con quién hablar, a quién darle sus centavitos, todo para que le hicieran caso a una...
Luego con aquel doctorcito, ya se veía grande el señor, hasta peloncito estaba “Abra la boca, cierre la boca, descúbrase el pecho, respire profundo, ¿le duelo aquí?, ¿le duele allá? Súbase. Ya bájese. No tiene nada, está enferma de los nervios…”. Se regresó con el monedero vacío de dinero y la bolsa llena de pastillas.
En todos los casos, regresaba a casa con el estómago vacío y los pies hinchados de cansancio.
Realismo etnográfico de la segunda, tercera y enésima victimización de las mujeres, mareadas de discursos y colores. Condenadas a preparar remedios sin recetas, sólo les queda adaptar sus ojos a la insensibilidad de un tianguis de servicios, con marchantes que pregonan, preguntan, regatean y cobran, negándose a renunciar a ese folclor urbano que todo lo banaliza…
“Pues sí, sí debí quererlo mucho pa’aguantarle tanto como usted dice doctor, para qué lo voy a negar, pero también le tenía mucho miedo, me sentía como esos ratoncitos atrapados ¿le ha tocado verlos? Pues así, sin saber pa’dónde hacerme. Ya no sabía ni qué hacer, le digo, estaba toda espantada, como desperada, como que sentía que me ahogaba por dentro, no sé ni cómo me sentía… eso que pasé no se lo deseo ni a mi peor enemiga… ¿Cómo dice que se llama eso? ¿Masoquismo, dice? Po’s sabrá Dios, doctor”.
Y otra vez, como antaño, Procusto tiende su lecho desde la Grecia ática, para los viajeros sedientos.
La incidencia de las relaciones de poder en el contexto familiar no sólo son internas, también sus integrantes las que son externas, propias del contexto de las instituciones que se supone deberían de protegerlos. La familia, o alguno de sus miembros, puede ser objeto de un trato desfavorable por parte de las instancias sociales exteriores a ella, que actúe como un factor capaz de influir negativamente sobre su estructura. Esto es lo que se conoce como la violencia institucional.
Este tipo de violencia se produce cuando una institución de servicios fracasa en el ejercicio de sus funciones específicas o genera un mayor malestar en el usuario, que, supuestamente, debería de beneficiarse de dichas funciones. Este tipo de violencia no se circunscribe a un empleado malhumorado o despótico en su trato, el caso más grave es cuando la violencia se produce vehiculizado por deformaciones teóricas e ideológicas que introducen los servidores principalmente cuando las funciones controladoras se imponen sobre las terapéuticas (o de justicia).
El problema es que estas situaciones son muy difíciles de identificar porque también permanecen invisibles. El ejercicio del control, a diferencia del terapéutico, es una actividad eminentemente estática en sus dos sentidos más comunes: vigilancia y dominio, que pueden confluir, y de hecho lo hacen, en la práctica, en una sola, vigilancia para el dominio. Nada que ver con la búsqueda de la salud o el ejercicio de la libertad, en absoluto. Por el contrario, al categorizar las demandas de ayuda como un elemento de desviación social, las instituciones sociales echan a andar la maquinaria para desarrollar un ejercicio de control y fortalecer la “normalidad”.
La “normalidad” a la que se alude se construye socialmente y permite diferenciar el “nosotros” de los “otros”, la normalidad será caracterizada desde un discurso institucional (sociofamiliar, religioso, jurídico, clínico, etc.) que coloca os límites y las diferencias y que, a su vez, estructura las formas de control a partir de los procesos de exclusión, eliminación, censura corrección tratamiento y rehabilitatorio que se agencias como medios para recuperar lo que el “otro” ha perdido debido a su actuación en contravía de lo colectivamente indicado y aceptado. El planteamiento de normalidad y anormalidad va a definir lo que habrá de ser incorporado y lo que debe ser excluido.
La violencia institucional también se fundamenta en las relaciones de desigualdad de poder entre los grupos. La estigmatización absoluta de las clases más desprotegidas que carecen de toda posibilidad de defenderse son indicios de una balanza de poder extremadamente desigual.
Por otro lado, no es ningún secreto la falta de formación del personal que atiende en las instituciones ocupadas de estos problemas, situación que muchas veces las instituciones no sólo permiten, sino que además ponen trabas a su resolución. Que irritante. No es raro que los profesionales se costeen su formación, conscientes de la precariedad en que se mueven, debiendo soslayar los obstáculos que la propia administración les pone. Si se quiere revertir la situación del maltrato institucional es imprescindible dotar de formación a sus empleados.
También es sabido que la pobreza con que operan estas instituciones, escasez de personal, escasez de cubículos, escasez de medicinas, escasez de hojas blancas, escasez de casi todo, lo que impide ofrecer una cobertura a toda demanda de servicios que les viene. La respuesta es sencilla “venga dentro de tres semanas, a ver si ya hay lugar”. En estas condiciones proliferan las asociaciones de “emergencia” que, desde una desinteresada apariencia, incurren fácilmente en la búsqueda de lucros de la fábula, escatimando en campos importantes pero siendo capaces de convertir cualquier cosa en un artículo en vendimia (incluso la verdad o la salud) o por el contrario, ofreciendo servicios adulterados, imitaciones vanas de terapia, producto de la piratería de nuestra época.
Todos estos factores externos se combinan con otros internos, propios de interacción de los diferentes miembros de la familia, para operar de forma efectiva como obstáculo de las relaciones amorosas.
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3.11. El uso de drogas en la mujer
Desde antes que lo metieran al anexo, él ya había dejado de pegarle y es que Chucho ya no se lo permitía¾ pero la vida le daría un golpe más fuerte.
Con el marido internado y ella todo el día trabajando, no le quedaba tiempo para cuidar a su bebé. Todavía se acuerda mucho de ella, era muy risueña y regordeta, había sacado los ojos zarcos de su padre. Aquel día se la dejó encargada a Kevin, de 9 años, pues andaba buscando otro anexo por que en el que lo tenían le habían subido las cuotas de repente. Ese día por la noche se le había puesto mala otra vez. En la farmacia de vendieron un supositorio para que se la bajara la fiebre. Al otro día en el hospital nadie le quería decir bien nada.
El día en que en el universo quedo un agujero en forma de Chiripa, a Esperanza se le congeló el corazón. Lloro mares de dolor, gritó anatemas de la rabia. Ningún padre debería sobrevivir a un hijo…
Decían que por las noches se le iba en puro llorar, no dormía ni comía. De a poco, casi sin sentir, fue guardando todas sus palabras, como si ya no tuviese nada más que decir. Su silencio se convirtió en una especie de aletargamiento, una sedante inactividad, un equivalente psicológico a lo que hacen los peces dipneos para soportar la temporada de sequía. Con esta habilidad pudo colonizar un nuevo hábitat, el de la soledad.
La depresión acabó por extenderse por todo su ser, salió de su cabeza y fue envolviendo con abrazos furtivos su corazón de mujer, la meció al ritmo de aquella canción de cuna, fue extendiendo poco a poco sus tentáculos viscosos por el interior de sus arterias, colonizando sus ventrículos, apropiándose de los latidos de sus recuerdos, hasta que Esperanza se volvió otra vez invisible… como antaño. El pulpo adhesivo quito a sus pensamientos las palabras necesarias para describirlos y dejándoles impronunciables, entumecidos y casi inexistentes para cualquier observador salido de la escuela de Procusto.
Esperanza se fue acostumbrando a ese incómodo inquilino que moraba en su corazón…
En estas condiciones su comadre la llevó a la clínica. Fue ahí donde conoció al médico que, en su furor curandis,le prescribió por primera vez tranquilizantes. En menos de 15 minutos le había diagnosticado que estaba “enferma de los nervios”. Las pastillas resultaron ser un buen alimento para el pulpo, que bien alimentaron, de vez en vez inyectaba en dosis bien prescritas, una tinta tranquilizante sobre el pasado de Esperanza. Hasta que las razones de su silencio quedaron sepultadas bajo los pliegues viscosos de su sedante inquilino.
El “tratamiento” la mantenía adormecida, pero como ella tenía que trabajar decidió suspender esas pastillas. En la subsiguiente cita, el médico la regaño y le dijo que si se quería componer tenía que seguir el tratamiento tal cual. Ella apenas pudo protestar, él le cambio las pastillas, ahora ya no se dormía, pero sí se sentía en una especie de alerta entumecida, como si anduviera dentro de una botarga, todos la veían sonreír pero nadie la escuchaba. No quiso exponerse a otro regaño, así que empezó a tomar las pastillas de acuerdo a lo que su cuerpo abotargado le demandaba….
La transformación de los medicamentos en bienes de consumo, promovida por las empresas productoras, y muchas veces con poco o ningún control por parte de las autoridades sanitarias, ha terminado por engendrar una sociedad medicalizada.
Para analizar el problema de las mujeres y los psicofármacos conviene partir de dos cuestionamientos básicos. Por una parte vale preguntarse por qué hay el doble de mujeres que de varones que consumen psicofármacos, y también vale analizar si de verdad los tranquilizantes son un remedio para los conflictos de las mujeres.
El problema que hay que analizar críticamente es la prescripción abusiva por parte de los médicos y el consumo excesivo de tranquilizantes entre las mujeres. Estos psicofármacos comprenden los ansiolíticos, utilizados para combatir estados de ansiedad; los antidepresivos que se prescriben para tratar estados caracterizados por sentimientos de tristeza, abatimiento, llanto, etc.; y los somníferos, indicados para situaciones de insomnio. Se trata de drogas legales, es decir, de fabricación permitida y de distribución lícita. Esta ha constituye la forma específicamente femenina de drogarse, por lo menos entre las personas adultas.
Según datos de la ENA (SSa, INEGI, 2003), el uso de drogas médicas es mayor entre las mujeres que entre los hombres (445,714 vs. 399,847), específicamente de los usuarios de anfetaminas y otros estimulantes el 58.8% son mujeres. Por su parte los datos de la Encuesta del Consumo de Drogas de Estudiantes III (Villatoro, et al., 2004) el consumo de drogas médicas (tranquilizantes, anfetaminas y sedantes) es mayor en las mujeres, y el de drogas ilegales (mariguana, cocaína, alucinógenos, inhalables y heroína) es mayor para los hombres.
En su mayoría, los estudios se han centrado en primer lugar en denunciar la actitud lucrativa de los laboratorios productores de psicofármacos, que encuentra en las mujeres un mercado consumidor preferencial y hacia el cual dirigen su publicidad específica; en segundo lugar en resaltar la complicidad de los médicos con los laboratorios, médicos que no parecen interesados en hallar nuevas alternativas terapéuticas para las mujeres que los consultan, así como una marcada actitud discriminatoria en sus modos de escucharlas y extenderles una receta; en tercer lugar analizar las condiciones de vida de las mujeres especialmente el trabajo del hogar, las problemáticas del rol maternal y las problemáticas referidas al envejecimiento que constituyen factores generadores de estrés y/o depresión.
Los síntomas de ansiedad, tristeza, tensión, enojo, que expresan las mujeres hacia sus condiciones de vida se han vuelto cada vez más medicalizados ya que han obtenido el status de "enfermedad". El sistema de salud dominante tiende a visualizar estas reacciones emocionales como patológicas, y responde ofreciendo estas drogas para lo que llaman "tratar la enfermedad". Las mujeres mismas son percibidas como "el problema", por parecer débiles, dependientes, emocionalmente incontrolables, necesitadas de ayuda para enfrentar sus problemas. Lo que resulta llamativo es cómo las mujeres mismas han internalizado el estereotipo de su fragilidad y vulnerabilidad, de su inadecuación y de la idea de que deberían acudir al médico en busca de ayuda cuando esto sucede. Y aunque de alguna manera perciben que los psicofármacos no constituyen ninguna solución a sus problemas, sin embargo, parece que no podrían más que someterse a esa prescripción, y dar por concluida la consulta con la repetición, una y otra vez, de la misma receta, aunque a menudo se deba aumentar la dosis cuando el tranquilizante comienza a producir habituación.
Habitualmente, estas mujeres desempeñan lo que se llaman “roles tradicionales del género” femenino que norman sus vidas cotidianas. Estos papeles les asignan tareas y responsabilidades que las sitúan dentro de contextos difíciles de enfrentar. Ante lo que se ha denominado "situaciones de contexto difíciles" o estresantes, las mujeres reaccionan con afectos desbordantes, no siempre controlables. Las situaciones de contexto más arduas de resolver se refieren especialmente al rol de género materno, doméstico, y su combinación con el de trabajadora extra-doméstica. Sin embargo, el desborde de las emociones que puede originar esta sobresaturación de roles es percibido por sí mismas e incluso por quienes las rodean como un problema, como si fuera una falla de su personalidad que ellas deben remediar, sobre todo cuando la familia espera de ellas que mantengan el equilibrio emocional y la armonía afectiva. Así, el desfase entre las expectativas del rol de género femenino y su desempeño es considerado como "enfermedad" que debe ser llevada a la consulta.
Estas mujeres acuden, en primer lugar, a los servicios de consulta externa de los hospitales, o a un médico general, y suelen recibir la prescripción de un tranquilizante. En ocasiones son derivadas al psiquiatra, quien habitualmente refuerza o varía la medicación prescripta. Pero, en general, el sistema de salud no contempla otras alternativas para la consulta de estas mujeres, pues aún cuando reciban la prescripción de un psicofármaco, las mujeres de bajos recursos económicos no pueden comprarlo.
Con respecto a las mujeres de sectores medios, si bien la medicalización también es casi una constante, suelen realizar el mismo recorrido por consultorios médicos visitan al médico general o al ginecólogo, y finalmente, al psiquiatra recibiendo respuestas similares. A pesar de la situación económica del país, las mujeres de nivel socioeconómico medio conservan todavía la actitud de cuidar su salud mediante el uso de medicamentos prescriptos por el médico. Para ello, muchas recortan una pequeña suma del dinero de los gastos diarios de la casa para poder comprar la medicina. Cuando la situación económica no es muy apremiante, complementan o reemplazan el uso de psicofármacos con alguna otra forma de atención de su malestar, como la participación en grupos de variada índole no siempre terapéuticos, aunque ellas les otorguen valor terapéutico sobre todo grupos de autoayuda, pero también ejercicio aeróbico, clases de manualidades, meditación, dietas, etc.
Está pendiente un estudio sobre los recursos alternativos que despliegan las mujeres para afrontar sus malestares, según los diversos sectores sociales, los diferentes grupos de edad, los variados grupos étnicos, etc.
La mayoría de los estudios realizados revelan una actitud médica, patriarcal y represiva con que se trata el malestar de las mujeres. Más que la búsqueda de las causas que originan los síntomas, se apunta a ofrecer una droga que rápidamente los acalle.
Vale preguntarse si compete al sistema de salud atender consultas por problemas derivados de las condiciones de vida de las mujeres, aún cuando estos problemas se expresan como trastornos de salud. Quizá no sea de incumbencia del sistema médico, sino del sistema social más amplio en el cual éste se inserta. Ahora, si así fuera el caso, se debe pensar en ampliar los criterios diagnósticos y recursos de salud mental, sin reducirlo a los estrechos límites del sistema de salud dominante.
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3.12. La desviación del conflicto conyugal en los hijos
Jesús fue el primogénito de Esperanza y Salvador. Llegó en medio de una situación precaria y en la que aún sus padres no acababan de crecer, no obstante fue muy bienvenido, vino a llenar un poco la soledad que empezaba a sentir su madre ante las ausencias de Salvador. Llegó a una familia donde la disciplina tenía vigencia estricta. Salvador era riguroso con él. Su mamá podía enojarse, y quizás le jalaría de la oreja o le daría una nalgada, pero nunca sintió miedo de ella. Con su padre era otra cosa, cuando él se ponía nervioso, un tic involuntario en las comisuras de los labios empezaba a lanzar una advertencia, sus castigos no eran razonados, simplemente se sacaba el cinturón y le daba unos azotes, que Dios guarde. Chuchito salió orgulloso, si en su juicio de niño reconocía que se había equivocado, no tenía problema en asumirlos, pero si acaso pensaba que su padre no tenía razón, se abstenía de llorar, a pesar del dolor, después se apartaba con los labios sellados, en protesta silenciosa. Era un chico testarudo, como su padre, pero también era un gran guardián de la Paty, su hermana menor por tres años.
A pesar de la carencia, su madre se las arreglaba para traerlo siempre limpio, le rascaba al gasto para mantenerlo en la escuela y comprarle sus cuadernos. Eventualmente hasta le compraba algún juguete. Era un niño sano, esmirriado y complaciente. Su madre se encargo de crearle una pequeña burbuja en medio de la escasez…
Las cosas se complicaron mucho en la vida de Jesús cuando su padre empezó a beber cada vez más, ya que eventualmente se gastaba en alcohol el dinero de la semana, así que Esperanza aleccionó a su niño para que acompañara a su padre los días que cobraba y así pudiera rescatar algo de dinero para el gasto de la casa. El pequeño héroe guardaba con tesón los billetes hurtados al padre y cuando regresaban a casa después de la media noche luchaba por mantenerse despierto sobre los diablos de la bicicleta del padre. Ya de madrugada, la madre hurgaba los calcetines de su hijo ya dormido, lugar donde guardaba el producto de su desvelo. Al día siguiente la señora le recriminaba a Salvador su incompetencia por haber perdido el gasto de la semana, y decía que otra vez tenía que pedir fiado. Él señor solo callaba, mientras todos los miembros de la familia intercambiaban miradas de complicidad sabiendo que el pequeño había cumplido su encomienda. Esto solo pasaba cuando la resaca lo mantenía culposo, porque cuando estaba ebrio era excesivamente hostil con la familia y no se tentaba el corazón cuando de maltratar se trataba, así fuera por nada.
A pesar de que Salvador siempre se mostraba orgulloso de su hijo y le hacia saber que él era el hombre de la casa en su ausencia, curiosamente siempre lo descalificaba en cualquier cosa que a los ojos del padre hiciera mal. Nunca recibiría una palabra de aliento, nunca una muestra de amor de él ¡Había que hacerlo hombre!, negado a los sentimientos. A pesar de tal negación, Jesús nunca logró evitar que el corazón se le hiciera engrudo cuando descubría el llanto callado de su madre, y sentía una rabia contra su padre que se prometió a si mismo que él nunca le iba a hacer daño a su mujer.
Así creció el Jesús, pequeño héroe de la gracia familiar.
En muchas de las familias que presentan serios conflictos conyugales, alguno de los hijos, destinados a ser niños héroes, tienen una fuerte relación con alguno de sus progenitores, especialmente con aquel a quien perciben como el débil o la víctima. Por el contrario, presentan una especial dificultad para relacionarse con el otro, a quien perciben como el más fuerte, el victimario; sin que lleguen a sentir odio por este último, esta situación provoca en el niño/a un deterioro de la imagen que tiene de él, a quien le otorga un valor sentimental o social menor que la que cualquier niño tiene y necesita de sus progenitores. Este niño/a no se sentirá orgulloso de este progenitor, como los demás niños. De cualquier manera, da inicio un proceso en que los hijos se involucran en la carrera de deterioro de sus padres.
Al mismo tiempo, a estos chicos se les va depositando una consigna muy peculiar, y peligrosa, en él son depositadas las esperanzas de que será quien los liberara del yugo patriarcal. Esto se logra a través de un proceso silencioso, dosificado e implícito, en el terreno del lenguaje analógico nunca de una vez y de manera explicita y además sin reglas claras, y por lo mismo, en posibilidad de ser desmentido. Riego por goteo y discreto para el ojo ajeno. Otra vez, a través de un proceso de efracción.
En uno de esos menesteres a los que nos confronta la vida a todos, Chuchito de vio de frente ante una contingencia que se había vuelto habitual, la riña entre sus padres, y decidió por primera vez hacerle frente. Los ruidos de la querella conyugal habían llegado hasta su cuarto. . Esa noche, reunió todos sus años e intervino por primera vez en la arena marital, sin mediar ningún análisis táctico, se lanzó contra el padre, portando su pijama por escudo… la respuesta del padre fue categórica y el golpe de yelmo recibido, contundente. Tal vez esa fue la primera vez que Esperanza dejó salir su rabia acumulada, y arremetió contra Salvador, en defensa de su vástago. Fue más la sorpresa por la respuesta irrevocable de Esperanza que el daño causado a propio hijo, lo que le hizo que la embriaguez se le bajara. Ahí se signaría el acuerdo tácito de alianza entre una madre y su hijo, un hijo y su madre, coterráneos de una microcultura de intolerancia familiar.
El poder del padre se había constituido a sí mismo a través de un relato vehiculizado en el discurso hegemónico de una sociedad patriarcal, que ha ejercido permanentemente en el seno de cada familia. Los engranes de la máquina liberadora se habían venido aceitando, y ahora, a través de un sencillo disparador, se había activado ese complejo sistema de clavijeros del aparato asignado a develar la anarquía como simulacro, mediante una actitud de desafío. Violencia contra violencia, pero esta última legitimada por el movimiento de resistencia emergido del propio sistema familiar.
Así se coligaban fuerzas familiares, en medio de estos avatares antagonistas. Pero los costos que se pagan de esta resistencia son altos. En principio, los papeles parentales terminan difuminándose en medio del fragor del combate conyugal.
En una pareja con vocación de familia, la conyugalidad se fundamenta en una reciprocidad, ambos miembros negocian un acuerdo que implica reconocimiento y valoración, dar y recibir de manera equilibrada. Por su parte, la parentalidad es el resultado de la unión de los aportes de ambos padres que interactúan de manera compleja constituyendo un cuerpo común y esta soportada en una relación básicamente complementaria.
De acuerdo con lo estudiosos de este tema, si existe armonía en una relación conyugal ambos consortes gozarán de la capacidad de resolver de modo razonable los conflictos de pareja, independientemente del estado civil en que se hallen. La ausencia de armonía se traducirá en conflictos conyugales activos y permanentes.
Por otra parte, si el papel de los progenitores se debilita y hay un cambio de prioridades que debilita la protección de los hijos, éstos se ven expuestos a las consecuencias del conflicto conyugal, lo que, de facto, los coloca en el terreno del maltrato psicológico asociado a la triangulación, en donde, de manera implícita, los hijos son invitados a participar en los juegos conflictivos de la pareja como aliados y como antagonistas de sus miembros que no son otros que sus padres.
Vale mencionar que un maltrato fuera del terreno de la triangulación de los conflictos conyugales, corresponde a las relaciones en las que la parentalidad está deteriorada, es decir, las funciones parentales no se practican adecuadamente, independientemente de lo que ocurra con las funciones conyugales. Este desencuentro parental puede traducirse en sobre exigencias a los hijos y supeditar su valía ingrediente básico de la nutrición emocional a una imposible respuesta satisfactoria a las desmesuradas exigencias que plantean, con el resultado de una profunda descalificación del hijo.
Los clínicos de la familia, distinguen básicamente tres formas en que los hijos son triangulados en los conflictos conyugales.
En la primera, la triangulación manipulatoria, los padres, se mantiene razonablemente interesados en sus hijos, pero también mandan soterradamente mensajes a éstos demandando su colaboración, ésta puede hacerlo uno de los progenitores o ambos. La seducción de completa ofreciendo un plus para ellos, que puede consistir en más atención, más comprensión, mejores condiciones materiales, entre otras. Dependiendo de la respuesta del hijo triangulado y de las características de la oferta de los padres, pueden desarrollarse situaciones muy diversas, desde confrontaciones directas y actuadas, generadoras de maltrato con violencia física hasta las diferentes modalidades de trastornos de la conducta, como el consumo de drogas.
En el segundo caso, la triangulación desconfirmadora, los hijos tras ser invitados a participar en los juegos beligerantes de los padres, se ven abandonados o traicionados al ser mucho más importante el conflicto que nunca termina que la efímera alianza de la que han formado parte.
Finalmente, en la triangulación equívoca, los hijos que la sufren viven en tierra de nadie desde el punto de vista relacional, ante la persistente incapacidad de los padres para percibir el sufrimiento y las carencias que ello comporta. Por eso no es de extrañar que los hijos desarrollen una desconfianza radical para con los adultos y que su sociabilidad, precaria y marginalizada, se dirija casi exclusivamente hacia los iguales, en una atmósfera relacional condenan a la adolescencia perpetua, alérgicos al reloj.
En el primer caso, en cualquiera de los progenitores, es usual que busquen desvalorizar e insultar al otro en presencia del hijo aludiendo cuestiones de pareja que no tienen nada que ver con el vínculo parental, subestimar o ridiculizar los sentimientos de los niños hacia el otro progenitor, incentivar o premiar la conducta despectiva y de rechazo hacia el otro progenitor (basta con que los niños vean que esa actitud hace feliz a uno, para ofrecer su dolor y así reconfortar al otro) e influir en los niños con mentiras sobre el otro llegando a asustarlos. En los niños se puede detectar su posición triangulada cuando no pueden dar razones o dan explicaciones absurdas e incoherentes para justificar el rechazo; y también si utilizan frases o palabras impropias de su edad o llegando incluso a mencionar situaciones que no han sucedido.
Una variante de este tipo de maltratos ejercidos contra los hijos es el caotizante, usual en situaciones en que los padres naufragan como tales y como pareja, creando una situación relacional tremendamente caótica y confusa. Es el caso de las denominadas familias multiproblemáticas, donde el paisaje familiar es desolador, desde el punto de vista de la nutrición afectiva. Los hijos vagan, abandonados a su suerte, sin una red afectiva que los sostenga.
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3.13. El consumo de drogas, un epifenómeno de la mistificación, la confusión y el miedo en los adolescentes fraguados
Jesús, ya involucrado de lleno en el fragor combatiente de sus padres. Sin mediar cuestionamiento, se colocaba del lado de la madre. Fue Jesús quien, en definitiva, logró que su padre dejara de golpear a su madre. En el periodo en que el padre “fondeaba” y sus ausencias de casa se explicaban por su consumo crónico, Jesús ya trabajaba. Juraba que Esperanza dejaría a Salvador, que podía, con su apoyo económico, ayudarle a serrar la cadena del ancla que la mantenía a su lado. El error epistemológico del pequeño Hermes, de sandalias aladas, fue atribuir linealmente razones y culpas, tomando a la Esperanza (“pasiva”) como víctima y al Salvador (“activo”) como verdugo, del este cisma marital.
A lo largo de su vida, el pequeño héroe o heroína, imaginó que sería el libertador de la familia, el que se sublevaría frente a quien él consideraba el dictador, el que iniciará el movimiento independentista. Para fortalecer la consigna, es muy probable que el progenitor con quien está coligado tenga ciertas concesiones para él, a fin de asegurar su lealtad y estigma, tal vez poniéndolo como ejemplo frente a sus hermanos, concediéndole cosas que a otros les prohíbe o bien, que no lo sancione por motivos que al resto de sus hijos sí. Esta pauta relacional analógica es la fragua que forja el mito en la mente del hijo/a ¿Cómo renunciar a él?, ¿cómo traicionar la “consiga” familiar?
Mientras tanto, la relación entre Esperanza y Salvador se mantenía en un constante ir y venir, entre la disolución y la promesa de reconciliación, en un juego oscilante en donde la separación era diferida continuamente.
Una de las dificultades de las mujeres para salir de una relación violenta es el sentimiento de que “traicionan” al que ha sido su compañero toda la vida. También asumir el juicio social, sentirse responsable de las agresiones, la falta de perspectivas personales y económicas, la idea de que los hijos necesitan un padre a su lado, aunque no sea el mejor de ellos, suelen ser factores psicológicos y sociales que contribuyen a la misma situación. Así mismo, la falta de perspectivas personales y económicas, sumado al hecho de que la mujer es la que asume los hijos, es la razón material más objetiva para no poner fin a una convivencia de violencia. En comunidades pobres, las mujeres no tienen posibilidades reales de obtener recursos y requieren de un apoyo social, grupal e institucional para salir de ese abismo de violencia.
Las promesas de cambio ofrecidas por Salvador inclinaban el fiel de la balanza hacia un lado, el escepticismo y agobio de Esperanza hacia el otro. Pero al mismo tiempo, el miedo a la soledad, el deseo de una reconciliación final y las creencias atávicas de su género hacían que ella añadiera nuevas pesas al otro platillo de la balanza, mientras el orgullo viril, los temores de él y también sus ancestrales creencias hacían contrapeso a sus promesas de cambio. La paradoja relacional donde convergen en una misma persona “enfermedad” y “enfermero/a”.
Jesús, atado a ese fiel, participa de este juego gravitatorio perenne.
Movimiento oscilante de coaliciones, en donde el hijo/a suele ser un instrumento más del repertorio de movidas que utiliza cada cónyuge para confrontar al otro, solo eso, un peso para ejercer algo de fuerza gravitatoria. Uno, el que se muestra intrusivo y controlador con el otro, es probable que también lo haga con el hijo, con lo cual lo impulsará a solidarizarse con el segundo. Pero también, este último puede buscar activamente la solidaridad del hijo/a, asumiendo actitudes seductoras, libradas a lo implícito y a lo analógico, a manera de promesas ambiguas.
Probablemente, y a manera de hipótesis, en algún momento el hijo/a mantiene místicamente la idea de que si logra “liberar” a la familia, el pattern coligado se irá con él por supuesto, metafóricamente hablando lo que supondría abandonar al cónyuge, sublevarse contra él y formar un nuevo clan familiar, con todos los demás hermanos, y con un nuevo orden social, lejos de la dominación de éste último.
Pero en realidad, tales promesas, nunca se trataron de una propuesta de relación incestuosa compensatoria: “consolémonos entre nosotros de los sufrimientos que él/ella no inflinge”, una suerte de club donde uno pueda lamerse mutuamente las heridas, para nada, aún cuando el hijo/a se haya hecho ilusiones de haberse convertido en un cónyuge sustituto.
Los conflictos conyugales se traducen en un “embrollo” en la mente del hijo triangulado, no es que los demás hijos no compartan la lectura del hermano triangulado, pero no demuestran enfadarse como él con las dificultades de sus padres, tal vez porque distribuyen más equitativamente razones y culpas.
Este “embrollo” relacional de los cónyuges y de seducción con promesas ambiguas sobre el hijo, terminará en un inesperado cambio de rumbo.
En uno de las tantas y tantas disputas conyugales, las cosas se salieron de control. Salvador se mostró más violento y beligerante que nunca, Esperanza sacaba la peor parte, sus alegatos sobre la locura de Salvador fueron callados por algo más que el par de bofetadas habituales. Al ver a su aliada en el suelo, la lealtad del joven Hermes lo hizo al fin cruzar la frontera generacional e intervino blandiendo su caduceo, pero en este caso las serpientes no sustituyeron a las guirnaldas en alusión a la fábula porque tampoco el Mercurio contemporáneo las separó pacíficamente, por el contrario, arremetió contra el “vencedor” de cien ojos con su vara de mensajero, con tal contundencia que, quizás, por primera vez en la vida no sólo logró que aquellos dejaron de luchar en el momento, sino que puso al “vencedor” contra las cuerdas. Salvador ya no tuvo fuerzas para pelear, la edad y los años de abuso laboral y alcohol le habían hecho renunciar al yelmo, mientras que la juventud había hecho un Titán del esmirriado Jesús.
El resultado de la confrontación entre un padre amorcillado, otrora fragoso, y un hijo decidido a “hacérselas pagar” es fácilmente predecible…
Así, cansado ya de que su adhesión secreta no termine por alentar al aliado a reaccionar ni a cambiarlo de su obtusa inmutabilidad, el joven Prometeo, amigo de los mortales mistificado a través de la narrativa familiar¾ decide terminar de una vez por todas con el descaro del “vencedor”, que impertérrito sigue adelante con sus hostilidades y bravatas, y con la inercia del “vencido” que estoicamente sigue aguantando, haciendo caer todo su peso en la balanza del juego conyugal.
Hasta entonces, su alianza con el “perdedor” se había expresado solo por señales casi imperceptibles, ahora el joven Prometeo lo expresaría con hechos contundentes, para que no dejara lugar a dudas, y al fin se decidiría a robar el fuego de la forja de Hefesto, del que habían sido privado los mortales. Así se consumaba la mistificación, que se había mantenido encendida en un tallo de cañaheja (que arde lentamente y resulta muy apropiado para este fin).
Pero ambos cónyuges, lejos de legitimar las exigencias evolutivas del hijo, sólo lo aceptaran como hijo-niño fácilmente subyugable, y al que transfieren la resolución de los nudos problemáticos que caracterizaron su relación. Salvador, lejos de cambiar de opinión, demostrando que su conducta ha colocado a su familia en un sin sentido que amenaza la salud y desarrollo de sus hijos, insiste, imperturbablemente, en su provocaciones. Y Esperanza, en lugar de al fin alzar la voz y defender a sus hijos de los abusos del padre, demostrando que también sabe defender sus propios derechos, hasta eso momento pisoteados, no desmiente su rol de “aguantadora”, y por el contrario, toma partida por Salvador contra Jesús, a quien desaprueba y hasta castiga, por haber violentado a su padre “que le dio la vida” y “que se mató trabajando para que él tuviera que comer”, pasándose así a las filas de aquel a quien el Jesús, ingenuamente, consideró el “enemigo” común.
Así, Jesús, el joven redentor, fracasa estrepitosamente debido que aquella promesa formulada ambiguamente es ahora negada ambiguamente. Condenado por el abandono (de su madre) y el exilio (de su padre) solo le queda la opción “del repliegue”.
Esta confusión lo lleva a una oscura sensación de que se han violado los acuerdos puestas sobre la mesa familiar, que se han alterado los fundamentos lógicos de su mundo y sus significados, puesto que las previsiones tomó por ciertas terminaron siendo erradas. Ante la negación de esta realidad, sus ojos ya no le sirven, su capacidad perceptual se ve seriamente cuestionada, en sus locura fugaz corre el resigo de arrancarse los ojos, de igual tenerlo y no, de todos modos es exiliado a deambular en terrenos sin cartografía, a transitar a tientas en medio de las tinieblas de la confusión, o bien hundido en un retraimiento depresivo o, inclusive, a sentirse poseído por un furor destructivo, o bien que oscile en estos tres estados de ánimo, el paciente no afloja a su presa, hacerlo implicaría renunciar a su identidad ¿o quizás sí?.
Ante el dolor de la derrota y el miedo a la incertidumbre, Jesús empecé a comportarse agresivamente y hasta con ira, siendo que no podía volverse contra su Esperanza. Así emergieron los primeros comportamientos negativos “disfuncionales” les dijo el psicólogo que después consultarían que no alcanzaban a ser todavía sintomáticos, como su fracaso escolar, la experimentación con drogas blandas o aquellos primeros sus episodios de embriaguez que tuvo.
La verdadera eclosión de su “locura”, surge debido a que se invalida el presupuesto de fondo sobre el que Jesús había construido su propio universo afectivo y cognitivo su subjetividad anulación que lo condena a estar convicto entre las columnas de las montañas del Cáucaso, encadenado paradójicamente por el místico Hefesto, siempre inclinado sobre su yunque, ejemplo de narrativa siempre fiel, trabajando a favor de la fragua del adolescente que lo mantendrá sitiado tales montañas.
¡Ándale, éntrale¡ ¡Como cuates!, ¡Verás que con “ésta” te sientes mejor…!
Cuando un joven consume drogas, no está consumiendo una sustancia, sino un espacio imaginario de posibilidades. Lo que importa, más allá de su catálogo biológico, estimulantes, depresores o alucinógenos, es lo que se deposita en ellas creyendo que con eso se lo obtiene. Las drogas no importa cuál aparecen cubriendo todo lo que entra en el imaginario del usuario.
Así, para el joven Prometeo, cercado y acorralado, el consumo de drogas será el bastión que le permita automáticamente prevalecer, ahí donde ha fracasado con su conducta inusitada, ahora ya no podrá fallar; desde su exilio doblegará al “vencedor” y a ese sometido “perdedor”, mostrando lo que él es capaz de hacer, aún a costa de exponer su hígado a las fauces estupefacientes del águila Kaukasios o Phármacon alado. Paradoja de un yo escindido en donde convergen en una sola sustancia veneno y remedio.
Siendo inmortal, su hígado volverá a crecerle cada día, y el Phármacon volverá a comérselo cada noche.
Yo evanescente reclutado en un relato paradójico, hasta que algún interlocutor sensible sea capaz de desenmascarar la tiranía de la “omnipotencia divina”, narrativa dominante, y contribuya a liberarlo traspasando las “órdenes de Zeus” que mantienen a Prometeo encadenado a la piedra y que opera como un espacio imaginario de posibilidades.
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3.14. El abuso sexual: Apocali(psi)s que presagia la evanescencia del corazón femenino y quizás hasta su alineación etílica.
Paty supo lo que el alcohol le hace a las personas en esos días que le toco peregrinar con su padre mientras buscaban opciones para anexarlo. El día que él se decidió, ella lo acompaño. Se levantó temprano, su mamá ya se había salido al hospital, así que tuvo que hacerle el desayuno a su padre. Patricia y su padre comían en silencio, con el rostro agachado. Jesús se había ido a trabajar y el Kevin a la escuela. De pronto su papá empezó a llorar, la Paty se espantó pues nunca lo había visto así. Se agacho para verle la cara y lo consoló diciéndole que era por su bien, que allá adentro no lo iban a tratar mal. Cuando Salvador se recuperó, se limpio los mocos con su pañuelo de tela, luego le dijo a su hija “no, si no lloro por lo que me puedan hacer allá adentro, sino por lo que yo he hecho acá afuera”. Continúo “Tú has de creer que no me doy cuenta de mis tarugadas, pero sí alcanzo a mirarlas”. Enseguida comenzó a hablar, como si nunca lo hubiera hecho, como estuviera aprendiendo a hacerlo, como si quisiera huir de tantos años de sopor etílico. Le contó como se sentía, de lo que hubiera querido hacer y no pudo, de cuando se fue al otro lado, de cuando conoció a su mamá, casi igualita a como estaba ahora ella…. Después de un rato de hilvanar recuerdos le pido perdón por haberla dejada tantos años sola. Ella también lloró, no quería pero lloró con un aire reprimido.
De pronto, de manera casi inconciente, ella dijo “Haber si ahí metido pagas lo que hiciste acá afuera”. Paty se quedó helada, lamentaba profundamente lo que había dicho, no supo de donde habían brotado aquellas palabras, ni siquiera sabía que las traía dentro, pero ahora habían salido y no volverían a entrar… Se le hizo el corazón chiquito, no se sentía así desde que su tío le dijo con ese indolente parpadeo de un depredador “¿Sabes lo que pasa cuando no haces lo que se te pide? Haces que la gente te quiera un p-o-c-o m-e-n-o-s”. Habían pasado diez años pero aún experimentaba el regusto acre del primer encuentro de una niña con el miedo, ese mismo día en que se sintió atada por primera vez a una tonelada de ladrillos.
Vino a su mente aquella vez en que andaba persiguiendo mariposas, ella imaginaba que calzaba unas sandalias con alas…. Ese día en que en el cielo se quedó un agujero con su forma de niña. Ese día en que regresó a casa con su mandil sucio y su boquita fruncida. Ese día que su mamá le digo “Mira nada más como vienes, eres una sucia, ya no te voy a querer”. Ella empezó a llorar, pero se quedo muda cuando su mamá le dijo solamente “Ve cámbiate”, “¿No me vas a castigar?”, le preguntó, casi se lo demando. “Hay cosas que traen su propio castigo”, le dijo su mamá y se dio la media vuelta. Ella empezó a llorar con un aire reprimido, sabía que si su mamá se enteraba de eso seguramente la iba a querer un poco menos… Las raciones de amor amenazaban con distribuirse de una forma nueva, difícil de entender para su corazón de niña que apenas contaba cinco años con su manita. Ese día en que su papá llegó con las colaciones que tanto le gustaban a ella y dijo por primera vez en su vida “No, gracias”, con la esperanza de que si se imponía ella misma un castigo su mamá le levantaría el suyo. Incipientes cilicios que clausuraban su gusto por calzar sandalias con alas o de disfrutar las colaciones. “¡Cómo quieras!” Espetó su padre. Se privó de jugar con mariposas por no sé cuánto tiempo hasta que aquel recuerdo se convirtió en aparente olvido…
Ese día en que aprendió mucho acerca de los castigos, que los hay de todos tamaños, unos son chiquitos como sus sandalias con alas, otros son tan, tan grandes como las botargas que una puede mudarse a vivir dentro de uno de ellos. Tal fue el costo del abuso sexual.
Tenía 17 cuando empezó a beber caguamas. Ya antes se tomaba con sus amiguitas una que otra “ampolletita”, pero un día ya no le supieron y buscó un nuevo sabor en la botarga del alcohol. Así llegó a consulta, la llevaron sus padres.
El aumento del consumo de bebidas alcohólicas entre las adolescentes es un problema complejo de explicar. Conviene empezar con una mirada focalizada, con la microscopia de este proceso.
De acuerdo con las investigaciones de CIJ, uno de los factores que contribuyen de manera sensible al abuso de alcohol entre los adolescentes es haber sufrido alguna experiencia de violencia sexual y de la desmentida que se hizo de ella.
Muy excepcionalmente las personas que fueron abusadas sexualmente durante su niñez o adolescencia solicitan tratamiento por esta razón. Lo que motiva su consulta son problemas de conducta, de aprendizaje, de lenguaje o por abuso de sustancias. Cuando surge el tema es porque las circunstancias actuales de la vida movilizan el recuerdo, hasta ese momento inconsciente o, si la experiencia nunca fue "olvidada", es la situación terapéutica la que hace que la persona supere su silencio, causado por temor y culpa, y se anime a hablar de ello. En el mejor de los casos, la persona que se anima a nombrar algo que la sigue haciendo sufrir tanto, encontrará un interlocutor válido. En el peor de los casos, la considerará responsable del abuso o la culpará por no haberlo detenido la pequeña niña tendría que haberse defendido de ese enorme adulto por el cual fue aplastada. El consultor que no puede creerle a su paciente cuando relata el abuso sexual, la hará una víctima más del ancestral y absurdo diagnóstico de “pseudología fantástica”.
El abuso, a pesar de ser un delito, no se denuncia en general, por temor o por desmentida, quizás porque aparece mayormente en el ámbito de la “sagrada familia”.
Cuando la niña abusada se vuelve joven, con su desmentida logra convencerse, muchas veces, que el abuso no ocurrió. Este proceso no debe confundirse con una simple represión, porque con ésta el resultado es que un pensamiento o un recuerdo permanecen inconscientes; la lucha es contra algo que proviene de uno mismo. En cambio, en la desmentida, la percepción que es dada por inexistente proviene de la realidad externa; cuando se pone en funcionamiento el propio yo queda dañado en tanto es atacada su capacidad de reconocer una percepción, de aceptar algo como existente, de discriminar como propia una sensación corporal.
Este es la antesala del apocalipsis. La desmentida mantiene una matriz vincular, que puede llevar al aniquilamiento de la posibilidad de pensar, y que da como resultado la destrucción de la realidad interna. Entonces el Yo opera como un escritor trasnochado de un relato personal, de la que extrae solo las cosas que le parecerían razonables, corta y pega, sin lograr integrar un discurso identitario.
En la autocensura a su derecho de perseguir mariposas o recibir colaciones, Paty manifiesta una niña que no se siente con “legítimos” derechos a jugar, a ejercer su niñez, signo inequívoco de una desdicha reprimida. Su propia prohibición opera como un recurso tributario ante el terror de perder el amor de su madre, cuando se culpa de lo que hizo, así toma cuerpo la idea de un censor que la sancionará si vuelve a experimentar ese derecho al disfrute lúdico, como perseguir mariposas sobre sus sandalias con alas. Aquí aparece el temor a lo transgresivo y quien tendría que legitimar la pertinencia de lo que están haciendo, se siente tan transgresiva como ella.
En esta historia infantil llena de silencios maternos, dos torsos que no se tocaron, ni cuando Paty calzaba sus sandalias con alas ni después de que se las autoprohibió.
La amalgama de odio y tristeza, semillero de muchas enfermedades mentales, consigue por lo general hallar en el exterior objetos sustitutivos que permiten al Yo expresarlo dentro de (y por medio de) un discurso sobre el sufrimiento, que lo hace tolerable, “pensable”, buena oportunidad para que el abuso de alcohol se ponga al servicio de ese discurso. Al fin que en el sopor etílico se da la posibilidad de transformar lo impensable en fantasmable.
El sujeto busca una racionalidad que dé cuenta de su odio, puede reconocer que no sabe por qué odia, pero pretende saber por qué no logra amar.
El abuso de alcohol es un montaje que viene al lugar del síntoma depresivo, anulándolo; manía etílica, nuevo rostro de la depresión femenina. A la manera de un artefacto transforma la satisfacción artificial en un acto de repetición compulsiva, no la anula, sino que la mantiene en una peculiar imbricación: lo que retorna en este juego es el espectro de la subjetividad deteriorada de una adolescente que necesita consumir incesantemente como si fuera una naturaleza mantenida en constante reanimación artificial para poder lograr una sombra de identidad, para mantener algo de la memoria propia. Un intento de rectificación subjetiva.
La impostura que te otorga la botarga de alcohol es, en este universo, no una elección sino un gesto que se impone desde otra parte: un signo de culminación, una armonización social de su completud ficticia “mas allá”.
Así se llega a un punto sin retorno, se inaugura el eterno transito por la banda de Moebius. Esta paradoja generará, de cuajo, una división constitutiva de un yo por definición evanescente, atópico y transindividual, su cuerpo ya no es de ella, pero tampoco de los otros. Vive dentro de la botarga que se construyó para sí, para los otros, y desde ella interactúa con los demás, como lo hacen las botargas de los supermercados, sonrientes pero mudas.
A Paty le llaman poderosamente los versos de Ovidio, “Metamorfosis”, que los memoriza de corrido:
¡Arroja de tu corazón virginal las llamas que te consumen, si puedes, víctima sombría! Si yo pudiera, sería más dueña de mí; pero me arrastra, contra mi voluntad, una fuerza insólita, y una cosa me aconseja mí deseo, otra mi razón: veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor.
Después de cuatro semanas de asistir a consulta Paty escribiría en su diario:
“Cuando crees dar unos pasos hacia adelante, llega un día como el de hoy y me desnuda frente a la frustración. Si, eso debe ser: Frustración. Pero la mía se ha hecho crónica y a la vez que iba creciendo ha ido engendrando dentro de mí otros sentimientos idiotas que me guían hacia un mismo sitio: la incertidumbre!”
[Así subrayado. Y continúa]
“Los días como hoy
llevo una doble vida,
un maremoto de vinagre,
una lápida en el torso,
unas sandalias sin suelas…
Los días como hoy no hay mariposas”
Frente a las fuentes de sufrimiento, el principio de placer se transforma en el “más modesto principio de realidad”. Los famosos “quitapenas”, disparadores de manía, por su efecto inmediato, o los “lenitivos”, son los poderosos recursos a los que muchas adolescentes apelan para despojarse de un mundo con pocas condiciones de sensibilidad.
Sus salidas frecuentes a tomar se convierten en las enredaderas a manera de lianas de Tarzán como medio de transporte, sólo que en este caso, ella las coge como un ápice de esperanza en las que puede sujetarse y frenar la interminable caída.
Vuelve a respirar hasta el límite que le dejan sus pulmones, a mirar a los ojos de los demás dejándose llevar por el momento, a involucrarse en la conversación; vuelve a estar presente aunque no es la misma de siempre. Algo ha cambiado. Se muestra indiferente y esa indiferencia la hace más fría, la hace diferente, y ante distintas preguntas aparece siempre la misma respuesta:
“¡No, no! ¡No me pasa nada, estoy bien!”
Y es verdad, está bien, indiferente, pero bien. Vuelve a sentir paz y eso es suficiente por ahora.
¿Qué hay de las explicaciones macroscópicas? Ya mucho se ha dicho de la manera en como influyen los medios masivos de comunicación, las costumbres y el sistema de creencias, y las representaciones sociales acerca del consumo de alcohol que interpelan al sujeto a responder a los nuevos cánones de la postmodernidad, donde el teatro (el ejercicio de la otredad) a perdido su función, uno no busca ya jugar interpretando al otro, la otredad es cosa de pasado, las fronteras que separan al otro del sí mismo se han difuminado. Esta es la nueva realidad en el que esta inserta ese personaje protagonista de esta penúltima jornada, y de muchos adolescentes más.
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3. 15. El lenguaje es la verdadera hada alada
Pero lo lamentable de esta historia es que Esperanza y Salvador se querían entrañablemente, a pesar de lo cual no pudieron evitar que ruina sobre ruina y descalabro sobre descalabro fuera agravando su confusión. Y fue justamente por esa confusión de sentimientos encontrados que nunca pudieron cambiar su situación. Habían hecho de sus corazones, alguna vez amigables y amorosos, un avispero de historias aprisionadas que bastaba con apenas ser testereado para que se desatara un enjambre de aguijones.
Aunque sea difícil de creer, una pareja es capaz de sobrevivir a los más terribles desastres pero no a un proceso de pequeñas destrucciones cotidianas, imposibles de ser rastreadas desde una mesa de café en la esquina de los juzgados…
Y con suerte, se preguntarán mutuamente:
¿Cómo fue que terminamos así? ¿Cómo fue que dejamos que ésto nos pasara?
¿Cuál es la propuesta entonces?
Es complejo. Pero si partimos del adagio de Wittgenstein, los límites de mi lenguaje son los límites de mi realidad, entonces cómo se hace para hacer del lenguaje un refugio antes que una prisión, un hogar antes que un cementerio.
Quizás justo como lo narra Alfonso Reyes en su poema dramático “Ifigenia cruel”, en el que Ifigenia recupera la memoria y se da cuenta de la maldición cae sobre ella y que esta signando su vida, ella al develar tal maldición heredada de sus ancestros se recupera a sí misma, y toma conciencia de que esta siguiendo un destino que un Alguien trazó para ella, así que se niega a continuarlo, “¡No, no quiero ese destino para mi!”.
Las personas están habituadas a andar caminos ya conocidos, a transitar por veredas ya trazadas por años, así, que sin levantar la mirada, transitan por esos surcos que antes les dieron certidumbre e identidad, y que ahora amenazan con aprisionarlos a navegar por una cartografía ancestral.
El tema genérico de la tragedia griega o identitario el coro que, en danza circular, engendra al mito discurso de voces dominantes a fuerza de invocaciones, cobra de pronto un nuevo sentido; Ifigenia, olvidada de su pasado tal como nuestros personajes pide al coro de mujeres que entre todas ellas, y con el ardor de sus almas juntas y de sus recuerdos, creen para ella un pasado humano una historia alternativa la sustancia natural que le falta. El prodigio sólo se logra a través de un agente vicario: en ese coro de voces inter y transubjetivo.
El diálogo vicario, reflexivo, fenomenaliza e historiza la esencia intersubjetiva humana; él es relacional y en él nadie tiene iniciativa absoluta. Los dialogantes “cuestionan” y descubren un mismo mundo; de él se apartan y con él coinciden: en él se ponen y se oponen. El diálogo reflexivo no es un producto histórico, sino la propia historización. En este coro de voces no hay historias, sólo historiadores.
El diálogo vicario y reflexivo hace posible identificar y describir experiencias subjetivas, mediante una ojeada retrospectiva de vida, con el propósito de escribir una nueva historia de posibilidades; tal diálogo es relacional y en él nadie tiene iniciativa absoluta. Los dialogantes “cuestionan” y descubren un mismo mundo; de él se apartan y con él coinciden: en él se ponen y se oponen. El diálogo reflexivo no es un producto histórico, sino la propia construcción de historia. En este coro de voces no hay historias, sólo historiadores.
El diálogo reflexivo, por ser lugar de encuentro y de reconocimiento, también lo es de reencuentro y reconciliación de sí mismo. Se trata de apuntalar a través del aprendizaje vicario y reflexivo, un discurso nuevo, pues las palabras repetidas son monólogos de las personas que perdieron su identidad, inmersas en un relato hegemónico, y por lo mismo, sometidas a un destino que les es impuesto.
¿Pero cómo se hace para transformar signos en palabras, palabras en hablas, hablas en poli-visión?
¿Pero cómo se hace para transformar signos en palabras, palabras en lenguaje, lenguaje en una nueva visión múltiple?
Hay que empezar por comprender que el lenguaje es una cosa viviente, más esencial que todos los demás poderes del mundo. Para el lenguaje, igual que para la poesía, la realidad es infinita.
Hombres y mujeres encuentran nuevos significados y construyen nuevas historias y nuevas posibilidades de vida expresando y co-construyendo su mundo a través del lenguaje, tal es el ejercicio de los Grupos Psicoeducativos y de Reflexión para prevenir las relaciones de violencia y el consumo nocivo de alcohol, en CIJ.
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